“Me es imposible imaginar Monterrey sin el museo MARCO. Llegué a Monterrey para entrar a la universidad en agosto de 1991. MARCO acababa de abrir sus puertas uno o dos meses antes con la exposición “Mito y Magia en América: los 80s”. Debe de haber sido a finales de agosto, a dos o tres semanas de haber llegado a Monterrey, que visité MARCO por primera vez para ver la exposición. Recuerdo perfectamente ese día, fui con mi amiga Abigail Jara y con Iñaqui Vazquez, en aquel entonces baterista de Fobia. Los tres quedamos impresionados y boquiabiertos con la exposición y con los espacios del Museo. Esta primera exposición causó una explosión en mi mente, yo acababa de comenzar la carrera de Diseño Gráfico, pero desde esa primera visita a MARCO supe que quería ser artista y un año después dejé mis estudios de Diseño para entrar a la UANL a estudiar Artes Visuales.

Al vivir en el Barrio Antiguo por más de 10 años, MARCO se convirtió para mí en una segunda casa, una segunda escuela, una segunda familia. Me volví asidua participante del Museo. Al menos una vez cada dos semanas comía en el buffet del restaurante de MARCO, lo hice tantas veces que aún recuerdo las caras y algunos de los nombres de los meseros.

Tengo demasiadas memorias del Museo, no sé ni por dónde empezar a contarlas. Supongo que lo más pertinente es hablar de las exposiciones que me marcaron.

La exposición “La elegancia de la ironía”, de Louise Bourgeois en 1995; la araña con la que participó un poco más adelante en un Premio MARCO, tiene que haber sido la que más impacto tuvo en mí. Se presentó en un tiempo en el que yo comenzaba a dibujar pequeños insectos y arañas en pijama en los bordes de mis cuadernos. Encontré una resonancia con mi trabajo al ver sus arañas y sus esculturas fálicas. Nunca antes había visto el trabajo de Bourgeois en persona y gracias a MARCO su trabajo se presentó por primera vez en Latinoamérica, en la ciudad donde yo vivía. Vaya suerte.

En el trabajo expuesto por Robert Therrien en el 2001, sus esculturas gigantes de mesas y platos que te hacen sentir como niño, sus dibujos de nubes, monos de nieve, o un simple garabato, también encontré mucho eco. Tuve la oportunidad de conocerlo durante la inauguración de su exposición y platicar con él de algunos intereses en común que teníamos como caricaturas y otros recuerdos de la infancia. Cuando murió el año pasado vinieron muchos recuerdos maravillosos de su exposición, la visité incontables veces.

Hubo muchas exposiciones más que fueron memorables y dejaron algo sembrado en mí, entre ellas las exposiciones de Hermenegildo Bustos, Julio Galán, Leonora Carrington, Kenny Scharf, Enrique Guzmán, Noguchi, Ana Mendieta, GEGO, la colección de fotografía del Deutsche Bank, William Kentridge, Otto Dix.

También tuve la suerte de trabajar ocasionalmente tras bambalinas en MARCO al participar como asistente en el montaje de algunas exposiciones durante la época en que Ramiro Martínez Estrada trabajaba ahí. Entre ellas, “Imantz Tillers” y, la experiencia más memorable, “Inside Out: Chinese Art Now”, en la que le ayudé a Xu Bing a instalar su maravillosa pieza “Book from the Sky”, una pieza espectacular que se compone de libros y pergaminos impresos con caracteres inventados, una pieza que alude a la majestuosidad del conocimiento pero en la que descubres la nada, la eternidad. De ese día tengo una anécdota muy graciosa: al llegar en la mañana al montaje y encontrarme con Xu Bing en la sala de exhibición de su pieza, el artista me pidió que me quitara los tenis (recuerdo traer unos converse) para subirme a la plataforma donde iban a ir los libros abiertos con él y empezar a acomodar libro por libro. Me quité los tenis, los cuáles cada mañana yo espolvoreaba con talco antes de ponerme (una costumbre que tenía por el calor de Monterrey), y a la hora de subirme a la plataforma negra recién pintada, dejé unas cuantas pisadas blancas… Los dos nos morimos de la risa. En esta misma exposición formé parte del equipo que ayudó a Cai Guo Quiang a montar su pieza “Borrowing your Enemy’s Arrows”, un barco suspendido en el aire, rodeado de flechas. Recuerdo muy bien la emoción y alegría de Cai al ver la pieza montada en el patio de MARCO y cómo nos expresó que en ningún otro museo en los que habían presentado esa pieza había logrado montar de forma tan espectacular como en MARCO. En esta exposición también trabajaron mis ex-compañeros de carrera y colegas Tercerunquinto, además del equipo de montaje de MARCO. Me quedan tantos recuerdos de camaradería, de profesionalismo, de emoción casi infantil al descubrir las piezas de los artistas de China. Realmente una experiencia inolvidable que abrió mi curiosidad a China y que me llevaría diez años después a China a participar en un festival de performance.

MARCO es para siempre parte de mis memorias, de mi historia, de mi psique, tanto que está entre las imágenes y lugares recurrentes en mis sueños. Y a pesar de que ya no vivo en Monterrey, cierro los ojos y puedo ver perfectamente la entrada al estacionamiento, la sensación de amplitud al entrar después de empujar su pesada puerta. Recuerdo con precisión las caras de los guardias, de los meseros en el restaurante, la mantequilla de Robert Gober, el librero fantasma de Rachel Whiteread, las camas ondulantes de Robert Therrien, a Julian Schnabel en falda presentando su película “Antes de que anochezca”. Tantos recuerdos.

Me encanta saber que si tomó un avión a Monterrey, en unos minutos después de aterrizar puedo estar dentro de ese recinto, sentir la frescura de sus espacios y sentarme con mi hijo Matías, como lo hice varias veces antes de mudarme a New Hampshire, a esperar con emoción la explosión de la fuente en el Patio Central, mientras voy reconociendo las caras y saludando a tantas personas que llevan años trabajando en MARCO.

Monterrey no puede, ni debe perder a MARCO.”

Pilar de la Fuente @pilardelafuente.art

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