” 1993. Era un domingo y yo tenía 12 años. Mi padre nos había dicho con mucho entusiasmo que íbamos a un museo, que debíamos observar y poner atención. Por lo tanto, en mi mente, ese tenía que ser un lugar importante o por lo menos interesante.

Recuerdo recorrer altísimas paredes de rojo quemado y ventanas que daban al cielo para luego llegar a un gran, gran e inmenso patio blanco con amplios pasillos.Finalmente los tres hermanos entramos silenciosos y muy advertidos de permanecer bien portados y de caminar despacio.

Era una exposición de pintura, con muchos cuadros coloridos sobre las paredes. Mi padre nos dijo que era un pintor famoso. Era Julio Galán. Ya ahora sé que fue su exposición individual de 1993. Recorrimos los pasillos observando lentamente cada cuadro, cada autorretrato, llenos de color y sentimiento. Sus pinturas me dejaron bastante impresionada, tanto que aún tengo varias imágenes muy claras y recuerdo haberme preguntado por qué había tanto dolor en ellos, y preguntarme por qué alguien habría de dibujarse a sí mismo tantas veces con flechas lacerándole todo el cuerpo. Quizás sean los amplios y silenciosos espacios o los muy emotivos cuadros de Galán, pero ese día quedó impregnado en mi memoria. Aún así nunca imaginé que este espacio siempre crecería tan cerca de mi corazón y mi quehacer, y menos que yo misma terminaría exponiendo allí mismo 19 años después.

Y pasó el tiempo y los años. Yo también estudié arte y escultura. Nunca conocí a Julio Galán. Escuchaba de él a través de maestros y artistas. Y curiosa anécdota cuenta mi historia que Julio Galán compró la primera obra que vendí como artista. Aún no me graduaba y expuse varios experimentos bastante defectuoso en un café de la Plaza de San Pedro que frecuentaba Julio y una noche el dueño me llamó en la madrugada diciéndome “Julio quiere comprar tu pieza”. Nunca supe si fue totalmente cierto, pero el hecho fue que tenía dos mil pesos y que la escultura, aunque era de cartón, ya no estaba.

Y pasó el tiempo y los años, y MARCO siguió presente en mi historia. Durante el bachillerato, un día fue particularmente importante porque logré escuchar al artista ImantTillers explicar el pensamiento detrás de su propia obra. Y paso a paso el arte contemporáneo me fue cautivando y seduciendo. Poco después asistí a varios cursos de historia con Rocío Castelo, en donde lo que más me conmovió fue el ensayo “Escalofrío de la Belleza” de Fernando Savater.

Y pasó más tiempo, más años y más actividades, mientras yo me gradué de una maestría de escultura y seguí trabajando en ella, visitando el Museo y participando en muchos eventos. Entre ellos impartí un taller sobre la percepción en la exposición La Lengua de Ernesto en 2012, participé en la exposición Entorno al balón, 2013 y en varias subastas filantrópicas… Aquí también seguí conociendo, colaborando y conviviendo con la comunidad artística en las Noches de artistas… En junio del 2012 la Bienal FEMSA se celebró en MARCO que entre otras muchas piezas incluía una escultura mía que curiosamente se ubicó en la misma sala donde yo vi los primeros cuadros de Julio Galán en 1993. En Junio de 2018, también tuve el enorme gusto de participar en la exposición de Registro 05 Enfocar la mirada, curada por Gonzalo Ortega, donde me disfrute mucho de trabajar directamente con el equipo de museografía a cargo de Elisa Téllez.

Y hoy continúa MARCO viviendo arte, proyecto, tras propuesta, tras ideas, tras más exposiciones y un sin fin de cursos y actividades.

Para mí el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey ha sido un espacio vital y profundamente protagonista. MARCO es no sólo un museo, no es sólo es una puerta al arte contemporáneo: es su casa, un hogar completo que alberga todo un universo. Un espacio completísimo donde no sólo se muestra y se educa, sino que también se crea, se construye y se reconstruye, se instruye y explica, se colecciona y recuerda, se protege y cuida, se promueve y sobre todo se comparte de corazón.”

María Fernanda Barrero @barrero_mariafernanda

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