“Todo cambia, eso es inevitable, las cosas que se aprenden con el paso del tiempo, la práctica y los afectos permanecen en la memoria y construyen nuestras identidades, es por eso que pienso curiosa mi historia con el Museo MARCO, la cual inició antes de su construcción.

Años atrás, la explanada que es ahora el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, MARCO, fue entre otras cosas un tianguis. A mis 13 años aproximadamente, descubrí que de entre todos los puestos el que más llamaba mi atención era uno en el que vendían y daban clases para hacer bonsáis. Me apunté con entusiasmo y aprendí muchísimas cosas: la posibilidad de darle vida a un paisaje, la sensibilidad para acomodar elementos y el cuidado de un fragmento de bosque latente. En ese entonces, jamás imaginé que me dedicaría al arte, pero nació en mí una fascinación particular por la creación.

Regresé a ese mismo lugar a los 17… Fue impresionante encontrar que una magnífica edificación, con una paloma gigante, ocupaba el lugar de lo que alguna vez fue el tianguis donde aprendí tanto. No me malinterpreten, esta disonancia fue positiva, inmediatamente creció una gran curiosidad por este nuevo lugar que me hizo orbitar en torno a él.

Los años pasan, los aprendizajes se convierten en discurso, el ímpetu creador permanece y expande sus horizontes. Sobra decir que decidí estudiar en la Facultad de Artes Visuales y eventualmente, reuniendo algunos quehaceres en el mundo del arte, el Museo MARCO me invitó a formar parte de la X Bienal de Cuenca Ecuador, con una obra que me atrevo a decir conectó muchas experiencias, pasadas y presentes que, de alguna forma, detonaron gracias al Museo y a su antecesor.

El museo MARCO fue y es parte importante de mi formación profesional, recuerdo con emoción y afecto una pintura de Tomás Esson que me impresionó con elocuencia por su calidad pictórica y su relación con “La Danza” de Matisse y escribí un ensayo acerca de ella como trabajo final de una materia. Cuando pienso en el Museo MARCO vienen a mi mente muchos agradables recuerdos, las tardes con los amigos en la cafetería que se encontraba en el patio central, las charlas amenas, las risas y la posibilidad de conectar con varias maneras de percibir el mundo. Gracias al museo, muchos artistas tuvimos la oportunidad de expresar inquietudes y aprender distintos enfoques respecto al arte; también, tuvimos la oportunidad de repensar las formas en las que se hacía el arte.

Hay muchos afectos que quedarán impregnados en este espacio y en nuestras vivencias. MARCO es un museo y un espacio de encuentro de sensibilidades estéticas, memorias y afectos que nos acompañarán siempre.”

José Luis M Díaz

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