Fecha
Del 01 de febrero del 2024 al 30 de junio del 2024
Espacio / Sala
Sala 5
Sintonías inestables: repensando la contemporaneidad pictórica presenta los proyectos más recientes de los artistas Ana Segovia, Noé Martínez y Artemio, mostrando las nuevas posturas artísticas y discursivas a través de la pintura.
Bajo la curaduría de Taiyana Pimentel, con la asistencia curatorial de Brenda Fernández, la exhibición analiza la práctica pictórica actual, proponiendo una aproximación a partir de tres visiones de distintas generaciones, pero cuya obra refleja los desafíos a los que los artistas se enfrentan en el siglo XXI, y las nuevas posibilidades en un soporte de tanta tradición académica e histórica.
En cuanto al discurso, cada una de las propuestas cuestiona asuntos diferentes. Ana Segovia analiza la performatividad del género como una puesta en escena, a partir de los estereotipos representados en el cine y en figuras públicas como los futbolistas. Por su parte, Martínez aborda la esclavitud durante la época de la conquista, retomando elementos prehispánicos y novohispanos, mientras que Artemio explora el papel de la sangre en la sociedad a partir de pinturas de grandes artistas de la historia del arte universal.
Los tres artistas coinciden en que retoman ciertos momento o elementos de la historia para repensar su vínculo con el pasado desde sus posturas; esa fue la visión curatorial para reunirlos en esta exhibición, que busca indagar en las nuevas narrativas de las representaciones pictóricas, desde un vínculo más evidente con la historia del arte y el cine, pasando por la gestualidad y la tradición precolombina.
La exhibición se compone por proyectos comisionados por MARCO a los artistas, excepto Sangre de Artemio, que es una colaboración institucional con el Museo Amparo, en Puebla, donde se exhibió en agosto del 2023.
Comisionados por MARCO, Ana Segovia creó dos proyectos para esta exhibición en los que continúa su exploración pictórica en la que cuestiona la heteronormatividad y los estereotipos masculinos, ahondando en los lenguajes pictóricos influidos por el cine.
Uno de ellos es I’ve Been Meaning to Tell You (2023), una estructura de madera que recuerda a la de los anuncios panorámicos que sostiene una serie de pinturas en bastidor, que en conjunto forman una especie de mural en un formato distinto. Las pinturas son detalles de escenas que transcurren en un club nocturno retomadas de la película del mismo título realizada por Roger Alamos en 1983. En una parte de la trama de donde Segovia extrae las escenas, los personajes visitan un pueblo fronterizo donde experimentan la vida nocturna. Con trazos y formas coloridas que dejan ver la textura de la pincelada, Segovia juega con los volúmenes y los planos para transmitir la gestualidad queer, desmontando el estereotipo del vaquero norteño para colocar nuestra mirada en la performatividad de la expresión de género, esa puesta en escena cotidiana de las personas ante el mundo.
A partir del cine, Segovia presenta una visión de paisaje desde otra perspectiva: el primer plano en movimiento se torna difuso mientras que la profundidad es estática y definida, cuando normalmente es el primer plano el que siempre debe estar nítido. Se trata de la obra Un paisaje se desliza por la ventana de un tren en movimiento (2023), compuesta por varias pinturas que representan la secuencia en diferentes imágenes.
A raíz de su historia familiar, el artista ha indagado en una parte poco conocida del periodo colonial: la llegada de los esclavos africanos a la Huasteca Potosina, región ubicada al norte de México entre San Luis Potosí, Veracruz, Hidalgo y Tamaulipas.
A raíz de su historia familiar, el artista ha indagado en una parte poco conocida del periodo colonial: la llegada de los esclavos africanos a la Huasteca Potosina, región ubicada al norte de México entre San Luis Potosí, Veracruz, Hidalgo y Tamaulipas.
La propuesta artística de Martínez se le podría ubicar desde la decolonialidad, una corriente del pensamiento que estudia de forma crítica el poder colonizador, proponiendo revertir esa jerarquía y abrir nuevas perspectivas desde la voz y visión de comunidades que históricamente han sido dominadas por ciertos grupos de poder. En el caso de la obra de Martínez, se reivindica la identidad de los pueblos originarios, especialmente el de sus antepasados.
Para la exhibición, el artista presenta pinturas, dibujos y una escultura. Las pinturas de una de sus series, conformada por siete obras, tienen la cualidad de tener doble cara, donde por un lado el artista representa escenas cotidianas de la época prehispánica remitiendo a las figuras de los códices, como la agricultura y la pesca, mientras que por el otro contiene una composición gestual y abstracta donde mezcla la pintura acrílica blanca, negra y siena, recordando esta última a los pigmentos utilizados en los murales precolombinos. Con hoja de oro de 22 quilates, el artista traza la forma de una letra: T, S, E, R, que eran con las que marcaban a los esclavos en el periodo novohispano. La hoja de oro fue un material utilizado en los retablos de las iglesias barrocas de esa época, haciendo un guiño a la llegada de la religión católica a México como parte de la colonización.
La segunda serie se muestra a manera de biombo, recordando las obras novohispanas, especialmente en el que se muestra la caída de Tenochtitlán. Está poco documentada la destrucción del Pánuco, que pertenece a la región Huasteca de donde es originario el artista; por eso, en esta serie de obras colocadas a manera de biombo, Martínez emprende una historia especulativa, que al mismo tiempo disputa el territorio de la memoria, del recuerdo y de las narraciones, al crear imágenes de cómo pudo haber sucedido ese episodio. La imagen del barco está documentada en un grabado del siglo 18 en el que explica cómo llegaron los esclavos africanos a Nueva Orleans; de ahí Martínez retoma la misma referencia. Las imágenes tienen inscrito los nombres de Coscatlán y Calmecayo, comunidades donde habitaron sus familiares, también incluye elementos en metal con las iniciales de los propietarios del Pánuco. En el fondo, las imágenes tienen dibujadas rudas y hojas de tabaco, como una forma de proteger la acción de evocar una historia tan oscura como la esclavitud que vivieron sus antepasados.
La sangre derramada en escenas míticas e históricas plasmadas en emblemáticas obras de arte emblemáticas prácticamente es descontextualizada por medio de un ejercicio conceptual del artista Artemio, cuya carrera se ha distinguido por romper con la tradición.
En su nueva producción, el artista visual extrae el color rojo de las pinturas donde grandes maestros de la pintura, como Caravaggio, Velázquez o Kahlo, representaron el tejido líquido vital para el funcionamiento humano cuyo nombre da título a su obra: Sangre.
Artemio utiliza las mismas dimensiones que la pintura original, en algunas el espectador podría establecer una conexión con la referencia original, aunque en otras es prácticamente irreconocible. Igual puede tratarse de un episodio bíblico o de la mitología griega, como de una imagen sacra o un conflicto bélico. Algunas pueden contener numerosas manchas rojas mientras que en otras el rojo es casi imperceptible, por poco una imperfección en el inmaculado lienzo en blanco.
¿Qué podría despertar en el espectador al enfrentarse a estas pinturas? Ixel Rión señala en el texto de sala que históricamente la sangre se ha asociado a cuestiones opuestas entre sí: lo sagrado y lo profano; la inocencia y la maldad, la vida y la muerte. Con esta nueva serie exhibida en el Museo Aparo en Puebla, el artista hace un repaso no solo a la historia del arte universal, sino también a cómo el ser humano se ha enfrentado a la violencia a través de los siglos. En un contexto tan complejo como el mexicano, la obra de Artemio se convierte contundente ante las diversas problemáticas sociales, aunque esa no sea la intención inicial del artista.
A través de todas sus definiciones, el concepto de sintonía mantiene siempre una unidad característica. Ya sea en la armonía de un pensamiento, la frecuencia de una transmisión o, incluso, la melodía que identifica el inicio de un programa televisivo; tal concepto sólo podría estar en movimiento y conexión. Desde tres perspectivas distintas, y a través de soportes variados, esta exposición colectiva nos presenta una visión del estado de la pintura contemporánea en el siglo XXI.
Sintonías Inestables presenta la pintura de la artista Ana Segovia, quien descolocando escenas míticas del cine de Oro mexicano y Western, nos invita a cuestionar el modelo hegemónico de la heteronormatividad. Por otra parte, Noé Martínez conceptualiza la relación actual con el mundo prehispánico y cómo esto influye en procesos de reivindicación de identidad, reclamando la sobrevivencia de distintos rasgos culturales, formas de gobierno y organización social. Este enfoque se realiza a través de referencias a la cultura huasteca y su pasado esclavizado, una narrativa que ha sido poco abordada o incluso pasada por alto en nuestra historia visual. Finalmente, Artemio se aparta de la tradición heredada de la pintura occidental, eliminando la iconografía y las escenas clásicas de la historia del arte universal. En su lugar, crea esqueletos pictóricos que se relacionan con sus antecesores únicamente a través de la aparición de sangre, mostrándonos, desde esa violencia, las relaciones que se producen en las estructuras de poder.
Todos ellos conforman nuestra armonía, constituyendo una muestra contundente del frente pictórico en México, en donde a partir de elementos del pasado se nos invita a repensar nuestro presente.
Taiyana Pimentel