Fecha
Del 27 de noviembre del 2025 al 31 de marzo del 2026
Espacio / Sala
Sala 5
Esta exposición propone un recorrido por tres modos de pensar la creación como un tejido entre mundos. Desde la cuerda que se anuda, en la obra de Amor Muñoz, pasando por la encrucijada como referente identitario, en el corpus de Daniel Guzmán, hasta la materialidad de la piel que muta, en las piezas de Lucía Vidales, los cuerpos de obra aquí reunidos exploran la potencia de los gestos que vinculan lo humano, respectivamente, con lo material, lo mítico y lo aparente.
Las tres secciones se despliegan en esta exposición como territorios autónomos y, al mismo tiempo, resonantes. Cada una traza su propia genealogía del cuerpo, como intersección entre materia y lenguaje, pero juntas configuran una cartografía común: la de los gestos que atan, invocan o transforman. Así, la cuerda que se anuda en Dedo Macramé encuentra su espejo simbólico en las ataduras de Ohmáxac y su sombra en las metamorfosis pictóricas de Arriba el inframundo.
La exposición traza de ese modo una constelación de prácticas que, en lugar de ofrecer certezas, nos invitan a seguir el hilo que une el hacer con el pensar, la memoria con la invención y la noche con su promesa de revelación. Se trata, de cierto modo, de comprender cómo lo humano se desdibuja al entrar en relación con otras materialidades —haciendo visibles las dimensiones no humanas que atraviesan y sostienen nuestra vida.
En el hilo de la noche, la trama del mundo invita, en definitiva, a una relectura de lo sagrado en tiempos profanos —como sugiere Giorgio Agamben—, donde lo perdido o lo que ya no tiene lugar retorna como forma de energía y de posibilidad. En el trabajo manual, en el mito reconfigurado, en el cuerpo pintado, se restituye una potencia olvidada: la de crear vínculos en medio del desarraigo.
Curaduría por: Mariana Mañón
Daniel Guzmán. El hombre que debería estar muerto / Ohmáxac-Encrucijada: ¿A qué dios se ofrece la sangre?
La obra de Daniel Guzmán habita los intersticios del mito, la historia y la música. En este nuevo capítulo de su proyecto El hombre que debería estar muerto, el artista se detiene en la figura de la encrucijada: el cruce de caminos como espacio de colisión y decisión, donde lo sagrado y lo profano se entrelazan.
El término Ohmáxac —proveniente del náhuatl othli (camino) y maxactli (bifurcación)— designa tanto el punto de intersección como la atadura que une lo que estaba separado. Guzmán reactiva este concepto desde una perspectiva simbólica y política, conectando la cosmovisión mesoamericana con los mitos del blues y las crisis contemporáneas del mundo global: la caída del capitalismo neoliberal, los nacionalismos resurgentes, las violencias mediáticas y bélicas.
En su instalación, compuesta por dibujos, video y una estructura arquitectónica que funciona como corredor y celosía, el artista construye un espacio liminar donde se cruzan la espiritualidad, la cultura visual y la memoria histórica. Su obra invoca la pregunta central del mito y de la política: ¿qué fuerza, qué dios, qué sistema exige aún la sangre? La encrucijada es aquí tanto ruina como posibilidad, un punto cero desde el cual imaginar la unión de lo escindido.
Amor Muñoz. Dedo Macramé
En Dedo Macramé Amor Muñoz convierte el acto ancestral de tejer en un sistema contemporáneo de codificación. Su trabajo, situado entre la electrónica experimental y la artesanía, transforma los movimientos de la mano —tradicional instrumento del hacer— en una interfaz de datos, sonido y luz. Cada nudo se registra mediante guantes de captura de movimiento y se traduce en información que un algoritmo reinterpreta como ritmos y composiciones musicales multicanal, desarrolladas en colaboración con el compositor mexicano Pablo Silva.
La serie está conformada por cinco esculturas sonoras en forma de dedos tejidos y articulados, cada uno construido a partir de distintos patrones de macramé. A través de realidad aumentada —activada con dispositivos móviles y auriculares inalámbricos—, las piezas despliegan paisajes sonoros generados a partir de la propia acción de tejer. Así, la artista pone en crisis la aparente distancia entre el código binario y el tejido artesanal, proponiendo una continuidad entre los sistemas de información antiguos y contemporáneos.
El resultado es una reflexión poderosa sobre la memoria y el valor del trabajo manual en la era de la automatización: la materia y el algoritmo se confunden para producir nuevas formas de sentido y presencia. Recordando los Qipus andinos, la instalación opera como una partitura sinestésica donde la labor manual se vuelve composición, lenguaje y archivo. La mano —órgano de conocimiento, creación y vínculo— emerge aquí como tecnología primigenia: cálculo, gesto, invocación. Al exponer sus propios dedos tejidos y traducidos en sonido, Muñoz reactiva nuestra imaginación táctil y recuerda la profunda interdependencia entre cuerpo, técnica y pensamiento.
Programación RA: Francisco J. Peregrina / Traducción-diseño sonoro: Pablo Silva / Renders-Modelado 3D: Luis Bolaños / Producción de esculturas: Yunque Fábrica de Arte.
Esta investigación fue realizada en la residencia artística Reality Labs Research, Meta (Redmond).
Agradecimientos: Galería Colector, Lele Barnett, Douglas Carmean, Bitforms Gallery and Owen Brimijoin.
Lucía Vidales, Arriba el inframundo.
La pintura de Lucía Vidales se mueve entre lo visible y lo espectral, entre la densidad histórica y la carnalidad presente. La obra de Vidales no busca representar cuerpos sino devenirlos: sus figuras son procesos de transformación constante, fronteras porosas entre lo humano, lo animal y lo mineral. En su pintura, el cuerpo es una superficie viva donde el tiempo, la violencia y el deseo se confunden.
En la primera sala, cuatro biombos representan las estaciones del año, acompañados de tres grandes lienzos donde aparecen seres ambiguos —murciélagos, polillas, buitres—, habitantes del claroscuro y del inframundo. Estas figuras, tomadas del paisaje de Nuevo León, encarnan lo que se arrastra o acecha en los márgenes: alimañas como metáforas del ciclo natural de la descomposición y del tránsito vital.
En la segunda sala, la artista retoma la historia de la pintura para torcerla desde su interior. Versiona El desayuno sobre la hierba (Manet) y aborda un díptico sobre el inicio y el fin, junto con una escena de aquelarre: cuerpos que invocan las fuerzas que dan y quitan vida. La pintura, en esta sala y en la obra de Vidales en general, se vuelve un campo de metamorfosis donde el erotismo, la muerte y la regeneración coexisten.