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El México que se nos fue – Carlos Lara

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El México que se nos fue

Carlos Lara

Fecha

Del 20 de junio del 2025 al 01 de marzo del 2026

Espacio / Sala

Patio de las Esculturas

Información General

Curaduría: Mariana Mañón Sepúlveda.

 

Aunque en Nuevo León se pueden encontrar varios tipos de ecosistemas, como el bosque, lo que predomina en la región es el paisaje desértico. Esta condición se comparte con el sur de Estados Unidos, sin embargo, la creación de áreas verdes y jardines se han convertido en una situación social y económica que ha interesado al artista Carlos Lara. Esta intervención de sitio específico reflexiona sobre la condición artificial de los jardines, pese a sus elementos naturales, pues alrededor de la construcción y mantenimiento de estos espacios está la mano de obra especializada que migró hacia Estados Unidos, durante el Programa Braceros, y la manera en que el oficio se ha trasladado a Nuevo León a través de los años. La instalación consiste en un área con césped y elementos vinculados a la creación de los jardines, como una podadora y herramientas en forma de animales utilizados en labores de la agricultura mexicana, que se conectan también con el trabajo de la tierra y la modificación del paisaje como un símbolo económico e histórico.

Galería

Texto Curatorial

El México que se nos fue es un ensayo escultórico que reflexiona sobre la construcción del paisaje como espacio artificioso donde conviven realidades coloniales y migrantes. A partir de la memoria del programa Bracero —que llevó a millones de jornaleros mexicanos al campo estadounidense—, el artista Carlos Lara aborda una forma de sincretismo particular: cómo la jardinería ornamental de origen europeo, reinterpretada en los suburbios de Estados Unidos, terminó influenciando la realidad rural mexicana.

Con el programa Bracero, el trabajo agrícola cruzó fronteras y, con el tiempo, mutó de forma: de la milpa al césped, del surco al jardín. El saber del campo pasó a sostener los suburbios, donde el jardín se volvió símbolo de distinción. Luego esas técnicas regresaron a México: el pasto sustituyó al matorral, y el desierto se volvió decorado. Subyace en ese proceso la idea del paisaje como conquista, palpable en los jardines verdes que sobreviven en terrenos áridos del norte de México, invadidos de pastizales, especies exóticas y gasto hídrico desmedido.

En la exhibición, esta realidad cobra forma en el pasto natural no endémico, colocado sobre mármol, sin tierra donde arraigar, destinado a morir y que mantiene su apariencia solo al ser pintado de verde. Este gesto de disimulo y artificio alude a esa escenografía domesticada y aséptica.

Contraponiéndose a esa idea, las esculturas de la muestra, herramientas híbridas entre máquina y animal, funcionan como una crítica a la narrativa de dominación sobre el paisaje. Como una falla en ese relato, una serpiente enroscada en una podadora o un tractor con cuernos de buey, señalan no solo la domesticación, sino también la disputa del territorio: los sincretismos que emergen del proceso colonial y migratorio —tradiciones, saberes y simbolismos que se mezclan y no solo se someten— revelan al paisaje como una entidad de mestizajes en constante transformación.

 

Mariana Mañón Sepúlveda

Curadora

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