• 1
  • 2
  • 3
  • 0

Si el tiempo y el espacio se integran a un campo gravitacional del observador, el tiempo y el espacio se vuelven flexibles.
Humberto Chávez Mayol

Hace un par de años conocí el libro Escucha: historia del oído melómano de Peter Szendy. Como músico me sedujo el título, pues me pedía escuchar. La contratapa describía a Szendy como un musicólogo (término que yo pensaba que había inventado con mis amigos musicales). Resulta que Szendy hace un texto donde intenta explicar los derechos y obligaciones del que “escucha” música, y el acto de escuchar. Intenta entrar en diálogo sobre las posibilidades filosóficas en el “escuchar”. Lo considero un verdadero esfuerzo por hacer lo subjetivo compartido, lo no objetivo compartido. Recuerdo en Szendy su preocupación por sentir una necesidad de “firmar” su escucha, como si su propio entendimiento de lo escuchado “completara” la composición, y a su vez ésta quedara como en un “stand-by” al no ser escuchada.

Claro, el pensamiento organiza nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Imagina que a ti y a mí nos “encanta” la misma canción, imagina que somos amigos de la infancia, lo que suma ya más de 20-30 años, que compartimos muchos de los mismos gustos, que nos “sabemos” nuestras historias vitales. Aun en ese caso, cuando la canción llega a un momento “tal”, éste nos llega de un modo distinto, o ese momento “tal” sucede en partes distintas de la canción. Entonces, para explicar lo que me emociona: ¿Puedo “firmar” mi escucha? ¿Pero cómo? ¿Hacer algo a partir de ella? ¿Aunque te lo explique, porqué has de sentirla o comprenderla igual? ¿Es posible siquiera? ¿Quizás deba callarla, como una llave secreta al mundo que sólo yo entiendo? O ¿Será que el entender “algo” le da valor?

Considero que el ser humano tiene una necesidad implícita de entender “algo”. De crear significados. ¿Alguna vez te has preguntado con qué lógica creas los significados que organizan tu mundo? Al leer a Szendy entendí la necesidad y/o capacidad de darle sentido a la experiencia vital por medio de la música, de crear pensamiento a partir de emociones, estructuras y entendimientos musicales.

Siento que algo similar es lo que sucede con Sophie Calle. Sus obras parecen ser formas de explicarse la vida (propia o ajena), de organizarla; formas de encontrar y crear significados en su forma de relacionarse con lo vital (sea real o ficción). ¿Qué tan importante puede ser la vida propia o ajena en cuanto a tener algo que decir? Si me defino como algo, ¿soy a la vez todo lo que excluyo en mi definición? Soy tanto mi experiencia vital como toda mi ignorancia. Sus famosas fotos con textos no buscan una experiencia estética desnuda. Siento que lo que interesa a Sophie Calle es que puedas entrar al mundo donde eso significa algo para ella y quizás por ende algo para el espectador. No porque ella presuma tener un “mensaje” que compartir, sino porque comparte su modelo o lógica organizativa del mundo. Para mí, Sophie pretende mundos de significación, más que de contemplación.

En la exposición Cuídese mucho, y durante algunas de sus charlas en su visita a MARCO, Sophie señala que “quizás el mensaje contenido en la carta (la despedida), pueda ser casi insignificante, pues es algo que sucede a todo el mundo y frecuentemente”; pero el realizar la obra abre la posibilidad de crear otros significados y procesos de entendimiento. No es que “nunca la hayan cortado antes”, o “que realmente no sepa qué hacer”. Es que quizás crear algún tipo de “sentido compartido” resulta más productivo, interesante, sensible, y simplemente humano. Si yo racionalizo, si yo recuerdo, si yo pienso, ya he ganado algo. Las 107 colaboradoras siembran las condiciones para el desplazamiento. Como ejemplo, algo de lo que pienso y recuerdo mientras visito la exposición de Sophie Calle: Siento simpatía por la niña que se pregunta sobre los “dobles significados morales” entre “te amo” y “me voy” y pienso que aún hay posibilidad de no estar programados y pues la contradicción exige algún tipo de movimiento. Al ver un texto en otro idioma, recuerdo nuestra necesidad por entendernos (La Biblioteca de Babel de Borges). Otra pieza me pide que piense en las personas que leen braille, y que yo puedo ver pero también quiero tocar. Alguien me pone a pensar en sexo, gramática o Kierkegaard, me pregunto ¿qué habré hecho bien para tener alguna vez una novia, y lo que he hecho mal para perderlas a todas? ¿Cuánto seré yo como el señor X? Si una criminóloga me dice que el sujeto es peligroso, y una juez dice que no hay nada legalmente que hacer, pienso en lo subjetivo y frágil de la lógica de la legalidad. Veo a una maestra de primaria haciendo ejercicios de comprensión de lectura con sus alumnos, y me motivo tanto que quiero llamarla por teléfono y sugerir un taller. Si alguien puede odiar y criticar una actitud, si alguien puede perdonarla, si alguien sólo elige las 4 palabras que le llaman. Si alguien escribe una canción, contesta la carta, declama o hace un guion. Si cuatro balazos al amor bastan. Si alguien intenta consolarte, o explicarte porque ya te ha pasado antes. Si te leen el futuro, y todo cambia a partir de aquí. Si te dicen que eres bello/a. Si nos hacemos broma y reímos entre publicar un anuncio o un crucigrama, o enviar otro mensaje. Si alguien se toma una copa, una foto, hace un dibujo… Hace rato que perdimos la carta, Sophie, las 107, tú y yo, hemos ganado algo. Y que divertida resulta la tarde desplazándonos en el pensamiento.