El Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey se complace en presentar una exposición individual de Claudio Bravo, destacado artista chileno considerado un prodigio del hiperrealismo.

DURACIÓN: Del 26 de enero al 4 de abril, 2007.
SALAS: 1 a la 4 / Planta baja.
NÚMERO DE OBRAS: 56 piezas.
TÉCNICAS: Óleo sobre tela.
CURADURÍA Y MUSEOGRAFÍA: Jorge Contreras curador del museo, en colaboración con la Marlborough Gallery de N.Y.
CATÁLOGO: Publicado por MARCO con ayuda de la Alcaldía de Biarritz en Francia.


PRESENTACIÓN
Texto de Jorge Contreras que aparece en el catálogo.

La mirada es antes deseo, la posibilidad de actualizar un objeto corresponde a nuestra intención de reconocer algo, y de hacer legible la experiencia; en la medida en que los objetos del mundo van tomando forma, va apareciendo la confianza en nuestra forma de mirar.

La obra de Claudio Bravo pone en juego una mirada que liga la atención no a la presencia de las cosas y su referencia posible, sino a su construcción paso a paso como recorriendo un itinerario del deseo.

Esta forma de registrar la propia experiencia mediante sus pinturas, va construyendo una gramática interna, va deletreando tres versos del poema de lo que nos hace vivir; y con ello, el artista dibuja lo que da origen al deseo, y abre el mundo, lo toca en otra dimensión, inventa un universo de imágenes posibles sólo para un diapasón sensible muy preciso, capaz de registrar el gesto más sutil de la voluntad.

Si la mirada es un artefacto histórico y es producto de nuestro propio hacer cotidiano, el universo de Claudio Bravo propone una reestructuración de nuestra forma de observar, propone una mirada que abarca los otros sentidos y que se dirige primero hacia el interior. Las obras de este artista logran, con serenidad, arrebatarle al tiempo su contundencia para permitir que la belleza descienda sobre la humildad de cada jornada. Quizá por eso, este tipo de arte nos es tan preciso a cada minuto.

Cada artista sabe que está viviendo por segunda vez, y que cada minuto de su experiencia es un reconocimiento y una reconstrucción de sí mismo mediante la intención por la que inventa los objetos que le rodean. Las obras de Claudio Bravo ofrecen una indagación sobre las posibilidades de la memoria para inventar un escenario de presencias, para sugerir la permanencia que otorga el afecto.

En cada obra de este artista aparecen, con delicada fragilidad, las figuras del mundo que inaugura para explorar el afecto por las cosas y los objetos cotidianos. Sus obras proponen la emergencia de una imagen, como la aparición de una palabra, de un poema en medio del silencio y del bullicio que pueblan la experiencia.

En obras como El Velo (1987) la mirada de su personaje parece no acabar nunca, parece ser ella misma su propio fin, esta pieza presenta una mirada que está más allá de los ojos, que sintetiza los sentidos, que abarca todo el cuerpo y más, una mirada que concentra el misterio de una historia de vida.

Claudio Bravo nos otorga la posibilidad de abrir una ventana para observar una intensa pasión por trascender los límites de la representación, no mediante el simbolismo o algún tipo de semiosis, sino como resultado de abordar estrictamente los recursos de la mirada y de la pintura. Su trabajo nos recuerda que los consensos con los que negociamos la percepción son frágiles, y que vale la pena correr el riesgo de percibir de manera distinta.

Entre sus posibilidades, el arte ofrece convertir la representación en experiencia, pero demanda una pasión cotidiana que pocas veces se alcanza. En la obra de Claudio Bravo esa pasión está a la vista. La obra de este artista da cuenta de que la voluntad que mueve al arte no tiene tiempo, ni formato, ni disciplina, que es una manera de vivir que consume.

El universo particular inventado por este artista, nos ofrece el recurso fascinante de la mirada que desea traducirse en líneas y colores, en figuras eventualmente reconocibles. Nos muestra el desplazamiento desde el ámbito de la representación al ámbito de la poesía. En su lenguaje, la representación encuentra espacios por donde se cuela la libertad; del silencio al silencio, y del blanco al blanco, va encontrando los tonos del pensamiento y las emociones. Viajes inmóviles, sus obras señalan la pasión que sujeta la construcción del mundo, y también la pasión que lo libera para convertir cada imagen en poesía.

En las obras de Claudio Bravo hay un apasionante proyecto para cambiar el funcionamiento de la comprensión, no entendida como adaptación al entorno, sino como construcción del propio objeto, y del artista como sujeto que sufre con entereza su propia mirada. Sus obras analizan con placer la configuración de un orden interno, y exploran, al mismo tiempo, los valores de la comprensión; dan cuenta de una mirada atenta y casi infinita que registra la configuración de la presencia de quien mira y de lo que es observado.

Hacer que la esencia del color adquiera presencia, figure, y represente las coordenadas de un mundo de deseos y afectos, es un logro de pocos artistas; Claudio Bravo consigue dejar hablar nuevamente a la pintura para llevarla a su última residencia, al límite de lo que puede decir, con ello, otorga cualidades inéditas al lienzo y a la imagen. Sus obras llevan la marca de una madurez creativa que impone el ritmo de nuevos territorios sensibles para la mirada.

En lienzos de múltiples formatos, e indagando con profundidad sobre unos cuantos temas, este artista teje una semántica de la soledad, del silencio y de la ausencia, para hacer aparecer presencias como si fueran fragmentos de un concierto de armonía, al mismo tiempo, arriesgada y tranquila.

Cada obra nos presenta claves para intuir un mundo del refinamiento más sutil que llega hasta el silencio y la austeridad, un mundo que parece estar confeccionado a partir de la recepción serena e intensa de su propio contexto, pero modificado por un desplazamiento en la mirada que arriesga su estabilidad. Un mundo en el que es posible que la música duerma como en el poema de Octavio Paz. Cada pieza es un parpadeo que conduce a un mundo profundo y completo de registros cromáticos sorprendentes, donde las formas son un aspecto de la huella del artista, de su ausencia.

En sus obras Claudio Bravo logra desaparecer para permitir que la poesía formule su deseo de tener cuerpo, de ocupar una imagen temporal, y de inventar variaciones para la sensibilidad, ofreciendo imágenes sensuales y refinadas en las que es posible perderse, como en el poema de Edmond Jabès, en silencio, sin hacer ruido.


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