El Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey se complace en presentar Arte y Cuerpo, una revisión de la colección del Museo Tamayo Arte Contemporáneo en la que se reúnen grandes nombres de artistas que enriquecieron el quehacer de la plástica en la segunda mitad del siglo XX.

Entre pintura, dibujo, fotografía y escultura se dividen las 53 piezas creadas por Francis Bacon, Fernando Botero, Salvador Dalí, Jean Dubuffet, Gunther Gerzso, Alberto Giacometti, René Magritte, Pablo Picasso, Francisco Toledo y el mismo Tamayo, entre otros.

Mediante el expresionismo, neocubismo, surrealismo, realismo mágico y poético, todos ellos exploraron el cuerpo humano, que ha sido tema de revisión desde los protoartistas de la prehistoria, con lo que se revela la obsesión del hombre con su propio ser.

En la exposición Arte y Cuerpo el curador Juan Carlos Pereda extrajo esta perspectiva antropomorfa del acervo que Rufino Tamayo reunió y dejó como

legado a México y el mundo.

En él se reúne el trabajo de quienes el artista oaxaqueño consideraba sus contemporáneos, no sólo por el periodo en que realizaron las piezas que conforman Arte y Cuerpo (entre 1942 y 1996), sino por su manera de concebir el mundo.

Marco ofrece con Arte y Cuerpo la oportunidad de mirarse en el arte como en un espejo y generar una reflexión sobre el ser humano como ente físico y espiritual, así como sobre su relación con el prójimo.

DURACIÓN: Del 25 de mayo a septiembre, 2007.
SALA: 1, 2, 3 y 4 / Planta baja.
NÚMERO DE OBRAS: 53 piezas.
TÉCNICAS: En su mayoría óleo y acrílico sobre tela, pero también gouache sobre cartulina, litografía, cromolitografía, poliéster sobre tela, temple sobre tela, plata sobre gelatina, crayón sobre cartulina entre otras, además de esculturas en acero y bronce.
CURADURÍA Y MUSEOGRAFÍA: Juan Carlos Pereda.


PRESENTACIÓN

El placer, el dolor, la lluvia, los colores... todo cuanto el ser humano percibe, todo lo que a otros transmite, lo hace a través de su cuerpo.

Conexión con el universo, con el prójimo, el cuerpo es la medida de todo cuanto el hombre ha creado y en base a él elabora reglas y leyes para comprender su mundo.

En el arte, desde tiempos prehistóricos, ha quedado plasmada la obsesión por la perfección de esta ‘máquina’ que nos hace pensar, sentir, desplazarnos, perpetuarnos y a veces destruirnos: figuras de barro que exaltan la fertilidad femenina y la virilidad masculina, frescos que alaban la belleza de los músculos del guerrero.

Rufino Tamayo y sus contemporáneos tampoco escaparon a esta fascinación, urgente necesidad de plasmarse a si mismos y al prójimo, recorrer los vericuetos de ese contenedor de emociones y dejar plasmada no solamente la belleza, también la atrocidad, dualidad inherente a la complejidad del ser humano.

Conformada por la obra de 36 artistas, Arte y Cuerpo es una oportunidad para establecer un juego de espejos con el cuerpo del otro para preguntarse sobre uno mismo, detectar vulnerabilidades y fortalezas, vicios y virtudes.

Cada uno a su manera, desde distintos contextos sociales y culturales, plasmó su visión sobre el tema y Tamayo recogió estas inquietudes y construyó las propias, para que ahora el espectador formule preguntas y quizá halle respuestas sobre su ser y el de otros.

Hoy, el cuerpo ya no está atado al azar genético que le otorga una forma específica; una nariz poco agraciada, un estómago prominente, pueden ser modificados apenas en horas a base de bisturí.

Además, ahora la tecnología permite que el cuerpo pueda viajar virtualmente a cualquier rincón del mundo y adquirir la forma y personalidad que su dueño desee inventarle.

Más que medio de conexión con el universo, el cuerpo se ha vuelto objeto estético carente de espiritualidad, las intervenciones que ahora se realizan en él no tienen un sentido cultural ritual de aproximación a sus dioses, considera el curador Juan Carlos Pereda.

¿De qué manera repercutirá esto en el arte? Habrá que esperar para averiguarlo.

Pero a pesar de los giros que a lo largo de la historia han tenido la representación del cuerpo y lo que los cánones estéticos señalan como belleza, hay una cosa segura: el ser humano siempre ha tenido la necesidad de regresar y estampar sus manos sobre una superficie para saberse existente, dueño de su cuerpo y su alma.


ARTE Y CUERPO. CONSIDERACIONES SOBRE EL PRÓJIMO
Texto de Juan Carlos Pereda, curador de la exposición.


Rufino Tamayo integró cuidadosamente en su colección de arte la obra de muchos de los artistas que consideraba sus verdaderos contemporáneos, varios de los cuales aportaron elementos medulares al quehacer plástico de la segunda mitad del siglo XX.

Dentro de las muchas reflexiones que animaron el trabajo de los artistas destacados de ese periodo está la de constatar que cada individuo posee un cuerpo único e irremplazable, que media en todas sus relaciones con el mundo, que es objeto y fuente de dolor o placer e interlocutor activo de su existencia.

Tal vez nunca antes la definición de cuerpo dada por Aristóteles tuvo mayor vigencia que en el siglo XX. Cuerpo es lo que tiene extensión en toda dirección, decía, concepto al que más adelante se le anexarían las cualidades de solidez e impenetrabilidad. Nunca antes como en nuestro tiempo el cuerpo había podido expresarse hacia tan vasta cantidad de direcciones: la existencial, la espiritual, la física y todas aquellas hacia donde los artistas han llevado su representación.

En arte el cuerpo lo ha sido todo: laberinto, escenario, laboratorio, espejo, campo de batallas sociales, de género y de clase, metáfora, signo y símbolo.

Para algunos artistas del siglo XX el cuerpo humano como tema fue motivo de profundas reflexiones. Estos creadores tuvieron un vivo interés en el otro, en sus rasgos y en su cuerpo, al que transformaron –después de verlo de manera sobrecogedora– por medio de una búsqueda expresada en efectos que en primera instancia sólo aluden a características exteriores pero de las que emergen manifestaciones espirituales o psíquicas. Estos artistas buscaron así convertir a sus semejantes en imágenes que reivindicaran una realidad universal.

Pablo Picasso, por ejemplo, concibió algunas de las imágenes más insólitas en la historia del arte occidental. En el cuadro Desnudo en un diván (1960), el descoyuntamiento del cuerpo de la modelo reúne en un sólo golpe de vista diversas posturas ocurridas en varios tiempos y en distintos espacios –como ocurría en la experiencia cubista, protagonizada por el mismo Picasso.

Con una intención de movimiento plantada desde otra óptica, Jacques Lipchitz dotó al cuerpo humano de cadencioso dinamismo y extrema depuración de elementos hasta llegar a su versión más sintetizada. Así se manifiesta en la nítida elegancia de Alegría de Orfeo (1944), lienzo luminoso y festivo con el que el artista celebra el gozo humano.

Por su parte, la habilidad de Francis Bacon para crear figuras indudablemente superiores y, al mismo tiempo, absolutamente terrenales se expresa en Dos figuras con un mono (1973), en la que manifiesta su preocupación por la intimidad cotidiana convertida en amenaza. En esta pieza el ser humano es un pedazo de carne informe, mostrado insolentemente como una comprobación personal de los desastres de la conciencia o de las ficciones de la condición humana. Cabe destacar que esta es una obra maestra del arte contemporáneo y una de las piezas emblemáticas de la colección del Museo Tamayo.

Taciturno, melancólico, ensimismado pero alerta, surgido de una naturaleza inventada cuando no se tiene nada, El Tiritador (1959) de Jean Dubuffet únicamente se tiene a sí mismo. Es un cuerpo solo en el universo, el retrato genérico del hombre de la posguerra. El azorado personaje pareciera atisbar un mejor mundo, sin lograr aún entrar a él. Dubuffet, el más grande pintor que tuvo Francia en el segundo periodo del arte contemporáneo, logró con este cuadro una obra síntesis de una época, en la cual el existencialismo y el nihilismo plantearon preguntas todavía sin resolver.

La sexualidad inherente al cuerpo humano se expresó primordialmente en la figura femenina en dos vertientes: por un lado, el erotismo sublime y embellecido, asociado con lo moral; y por otro, la sexualidad insana y pública, violenta, poco fina, pero al fin vital.

Ambas expresiones se pueden observar en la muestra. Los hermosos desnudos de uno de los máximos artistas norteamericanos de la lente, Irving Penn, dialogan con el magnífico dibujo que sirvió de base a Las músicas dormidas de Rufino Tamayo. Los elocuentes silencios del cuerpo desnudo se compensan con los tersos brillos de la piel, las tenues ondulaciones de la carne y la reposada elegancia de las mujeres registradas en las obras de Penn y Tamayo. En tanto, los desenfadados dibujos de Richard Lidner, Saúl Steinberg y Franz Ringel gritan con estridencias visuales la invitación al carnaval y al comercio del cuerpo.

Esta relectura incluye un grupo de obras de Rufino Tamayo. Las anatomías menos arquetípicas del arte latinoamericano fueron propuestas por él. Construyó los cuerpos de mujeres y hombres con variaciones siempre inéditas de la síntesis de elementos de la estatuaria prehispánica, de algunas manifestaciones del arte popular y de ciertas formas asimiladas de vanguardias internacionales ahora históricas.

Como se aprecia en la exposición y queda dicho en estas líneas sobre las obras más significativas, cada uno de los artistas incluidos está convencido de que la figura humana constituye un tema complejo y potencialmente rico en expresiones.


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