• 1
  • 2
  • 3
  • 4

El Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey brinda a su público una reflexión sobre el ejercicio del poder, por medio de la exposición Saturno en el Mundo de los Parricidas, del artista plástico Roberto Cortázar.

En su estudio de la historia del arte, Cortázar se topó con el cuadro Saturno de Francisco de Goya, que aborda el mito de este dios que devoró a sus hijos para evitar que éstos lo mataran para hacerse del poder. Posteriormente encontró una variación de este tema en el conjunto escultórico ateniense Los Tiranicidas, que recrea un hecho histórico: el asesinato de Hiparco, último tirano de la dinastía griega, a manos de Aristogitón y Harmodio.

En la contemplación de estas obras llegó a la conclusión de que la historia del arte es completamente independiente a la historia del hombre, que escribe esta historia como un recuento de la lucha por el dominio del otro; en cambio el arte cuestiona este ejercicio del poder y permite conocer más profundamente la verdad de la ideología humana.



Artista en constante proceso de perfección y creación, Cortázar presenta en Marco cinco piezas adicionales a las que conformaron esta muestra en el Museo Amparo de Puebla con lo que, considera, se da una segunda etapa que redondea su planteamiento original.

Éste es que el hambre de poder, ya cuestionado en el arte desde siglos atrás, es un signo inequívoco de una pobre evolución humana hacia la realización de la persona mediante el autogobierno. Pero ¿cómo prescindir de algo que pareciera ser instintivo? Eso cada quién deberá decidirlo tras observar Saturno en el Mundo de los Parricidas.


DURACIÓN: Del 23 de marzo a agosto, 2007.
SALA: 6, 7 y 8 / Planta alta.
NÚMERO DE OBRAS: 28 piezas.
TÉCNICAS: Óleo y punta de plata sobre tabla e instalación.
CURADURÍA Y MUSEOGRAFÍA: Lucia I. Alonso Espinosa.
CATÁLOGO: Editado por el Museo Amparo en español e inglés.


PRESENTACIÓN

En medio del cuadro hay un rostro angustiado. Sus facciones perfectamente dibujadas están zurcadas por trazos gruesos e irregulares. La duda que queda en el aire es si el hombre atormentado lucha por salir del encierro en el que ya se encuentra o, por el contrario, intenta apenas no ser engullido por la abstracción.

Para Roberto Cortázar, la lucha interna que libran sus personajes es a la vez la lucha que el ser humano debe experimentar para lograr una evolución, para dejar atrás la primitiva necesidad de poder que llevó a Saturno a devorar a sus hijos y que orilló a los tiranicidas atenienses a acabar con Hiparco.

Ya en esa época en el arte estaba presente el deseo por esa evolución que, aún no alcanzada, la fundamentación teórica a las obras contenidas en Saturno en el Mundo de los Parricidas.

Nacido en medio del bullicio de la capital, Cortázar fue llevado a los pocos días a Chiapas, donde creció en medio de una selva de pinceles, en el estudio que su padre y su tío tenían en casa y del cuál el más beneficiado fue él.

A pesar de este temprano acercamiento con el arte, fue hasta los 14 años que se le permitió dedicarse exclusivamente a la pintura y comenzó sus estudios en una escuela de iniciación artística del INBA.

Allí, el adolescente convivió con pintores de la vieja escuela, maestros septuagenarios que trabajaron con los grandes muralistas y le contagiaron la maestría del trazo que le caracteriza.

Joven aún pero con un largo camino recorrido en galerías de todo el mundo, en este trabajo, el artista ambiciona conjuntar ideas que parecen opuestas: lo bidimensional y lo tridimensional; lo absolutamente abstracto y lo totalmente figurativo; lo completamente espontáneo y lo extremadamente estudiado.

Contradictorio resulta también su proceso de creación, pues parte de concepciones, más que bocetos, realizados en minutos gracias a programas computacionales de dibujo que, tras elaborar numerosas variaciones, reproduce en el cuadro final con técnicas tan antiguas como la punta de plata, característica de los italianos en el renacimiento primitivo.

Cortázar reconoce que, aunque procura interpretar el boceto original fielmente, como si fuera una partitura, el formato, el material y los medios crean una serie de fenómenos que enriquecen su obra.

Con ella, el artista intenta cuestionarnos si, al igual que Saturno truncó su propia semilla, no es el hombre mismo en su afán de dominio quien ha frenado su trascendencia evolutiva.

Para superar esta paradoja, habría que aceptar que la sed de mando nunca será saciada y que la mejor victoria a la que se puede aspirar es el autogobierno.




Compartir