• 1
  • 2
  • 3
  • 4

Continuando con los festejos por el 10 aniversario, MARCO recibe ahora una gran muestra retrospectiva de uno de los artistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX: Eduardo Chillida, exposición que abarca 5 décadas de su brillante trayectoria.

Octavio Paz ha dicho del trabajo de este creador: "sorprendente diálogo entre la mano y el ojo es su obra escultórica", "vibración rítmica", "Las formas escultóricas de Chillida no son mudas; son materia transfigurada por el ritmo: dicen", "Formas, volúmenes, tensiones, temperaturas…", "juego incesante", "perpetuo movimiento", "equilibrio momentáneo", "mundo de parejas contradictorias: hierro y viento, papel y acero, luz y granito, línea y masa, pleno y vacío".

La muestra es organizada por la Galerie Nationale du Jeu de Paume de París, en donde primero se exhibió, y refleja la evolución de Eduardo Chillida desde su regreso al País Vasco en 1951 hasta su trabajo de los últimos años (2000). Esta es la primera ocasión que se exhibe en México una

exposición individual y retrospectiva del artista, la cual llega a nuestro País procedente de Alemania, y se presenta primero en Monterrey antes de viajar a la Ciudad de México al Museo del Palacio de Bellas Artes en junio.


El arte de Eduardo Chillida procede de dos tradiciones. Por una parte, la de los maestros de la forja del norte de España, cuyo artesanado ha marcado su huella en esta parte de la Península Ibérica desde la Edad Media. Por otra, el lenguaje de la visión plástica contemporánea, transmitido por sus predecesores inmediatos de los últimos 75 años y al que ha dado una dimensión nueva y acento personal. De la primera, extrae la savia popular de su arte, de la segunda, la imaginación y la dimensión metafísica, tal y como lo afirma Cosme de Baraño.

En el calor de la fragua guipuzcoana y en el canto del yunque, pero también en la consideración nueva del papel, ha tallado Chillida la presencia de sus formas. Junto con las de Brancusi, Calder y Giacometti componen sus obras la mejor música de la escultura internacional del siglo XX.

Este artista, que a la edad de 34 años ganara el Gran Prix de Escultura de la Bienal de Venecia en 1958, está considerado el más grande de los escultores españoles contemporáneos. Cuenta con esculturas públicas en ciudades como Madrid, Barcelona, Bilbao, Berlín, Frankfurt, y Dallas.


El público podrá encontrar en esta excepcional exposición el abanico de materias trabajadas por este genial artista, así como la diversidad de sus formatos que nos recuerdan su dimensión humana, formatos que van desde esculturas en pequeñas dimensiones, de hierro, alabastro, y barro, hasta sus obras monumentales de acero de varias toneladas de peso.

De manera paralela a las esculturas en esta exposición tendremos el privilegio de descubrir obras menos conocidas y totalmente originales en la evolución del trabajo del artista. Como es el caso de sus dibujos con tinta sobre papel de los años 7O y 8O que representan manos abiertas o cerradas que ponen en evidencia los dedos y las uñas. Estos estudios son la excepción en la obra del escultor, principalmente abstracto desde 1951.

Incluye además un gran número de relieves de papel realizados a partir de los 80 y que Chillida llama Gravitaciones. Se trata de papeles recortados, a veces con tinta, colgados, puestos en relación, con más o menos cercanía unos con otros, desarrollando relaciones de espacio, de sombras, y de luz que forman esculturas en equilibrio aéreo.

Las obras de Chillida se incluyen en las colecciones privadas y públicas más importantes de América y Europa, algunas de las cuales proporcionaron piezas para esta retrospectiva, tales como el Museo Chillida-Leku -inaugurado en septiembre del 2000 en Zabalaga, cerca de San Sebastián, España, lugar de nacimiento de Chillida-; la Fundación Bayeler de Bale; la Fundación "La Caixa" de Barcelona; el Museo de Bellas Artes de Bilbao; la Städtische Galerie de Frankfurt; el Museum of Fine Arts de Houston; la Tate Gallery de Londres; el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid; el Museo de Arte Contemporáneo Internacional Rufino Tamayo de México; la Galleria Nazionale d'Arte Moderna de Roma; la Galleria Civica d'Arte Moderna e Contemporánea de Turín.

DURACIÓN: De abril a junio, 2002.
NÚMERO DE OBRAS: 81 piezas.
TÉCNICAS: Esculturas de distintos formatos, 8 realizadas en hierro, 2 en madera, 11 en barro chamotado, 13 en acero, 1 en piedra y 6 en alabastro; además de 2 grabados sobre madera, 4 collages, 5 aguafuertes, 2 serigrafías, 7 tintas y 16 relieves realizados en diversos tipos de papel (papel Vegetal, papel Japón, papel Amate, papel Paperki).
CURADURÍA Y MUSEOGRAFÍA: Daniel Abadie, director de la Galerie Nationale du Jeu de Paume, París.


PRESENTACIÓN

Eduardo Chillida Juantegui nace el 10 de enero de 1924 en San Sebastián, España, es el tercer hijo de Pedro Chillida y su mujer, la soprano Carmen Juantegui. Entre 1930 y 1942 estudia con los Marianistas, San Sebastián, y en 1943 comienza la carrera de Arquitectura en la Universidad de Madrid.

Tras cuatro años de estudios de arquitectura en la Universidad de Madrid, Chillida decide en 1947 ser escultor: "He estudiado la arquitectura porque me gustaba, y me sigue gustando. [...] Pero lo que quería hacer con la arquitectura no tenía nada que ver con lo que se enseñaba en Madrid, entonces me fui". De regreso a su ciudad natal, trabaja el yeso y la piedra de sillería, luego en 1948, se va de San Sebastián con destino a París, donde, en el Museo del Louvre, se fascina por la escultura griega arcaica y el arte de las Cícladas. Visita a Brancusi, cuyas obras lo impresionan fuertemente y con el cual platica, entre otras cosas, de la importancia de los pedestales en la escultura y de sus relaciones con la naturaleza. Encuentra también a Ellsworth Kelly y se vuelve amigo de Pablo Palazuelo. En 1951, Chillida decide regresar definitivamente al País Vasco; se instala en Hernani, cerca de San Sebastián, entre mar y montaña: "Tenía la impresión de que el yeso, la materia con la cual trabajaba, así como mis visitas frecuentes al Louvre, me conducían hacia la luz blanca de Grecia. Pero entendí que me había equivocado de lugar [...] porque vengo de un país que tiene una luz negra. El Atlántico es oscuro, no lo es el Mediterráneo. La luz es distinta".

Vecino del taller de un herrero, se fascina con el trabajo del hierro, y, después de un periodo de duda y cuestionamiento -"Tengo las manos del ayer, me faltan las del mañana", escribe entonces - , se dedica principalmente a las técnicas de hierro soldado y de hierro forjado, encuentra los medios de su expresión, y afirma así su originalidad y su personalidad en una obra cuyo desarrollo estilístico encontrará rápidamente un reconocimiento y una notoriedad internacional que no cesará de crecer hasta el día de hoy.

La exposición explica la evolución de Eduardo Chillida, desde sus primeras esculturas, desde la época en que regresa al País Vasco, hasta su trabajo de los últimos años. Su primera escultura en hierro forjado, Estela funeraria (1951) es el inicio de muchas más durante los años 50, de aquí en adelante todas abstractas, tal y como Espíritu de los pájaros I o Peine del viento I (1952), que anuncia la obra monumental -inaugurada en 1977- que enfrenta el océano en San Sebastián y que lleva el mismo título. Después de sus primeras esculturas en hierro forjado, a veces integradas a un pedestal de madera (la serie Yunque de sueños, 1954-1966), Chillida se interesa a partir de los años 6O en otros materiales: la madera (Cantos vigorosos I, 1960-1961), el acero (Alrededor del vacío, 1964), el granito (Pizarra, 1965).

"Me gusta lo nítido y lo recortado", dice, "con desviaciones, cambios totales que crean la distancia, provocan estos silencios o estos vacíos, llámenlos como quieran, en los cuales la forma puede vibrar. [...] En la mayoría de mis esculturas, lo positivo y lo negativo alternan".

A partir de 1965, el trabajo del alabastro le permite revelar el espacio y la luz interna de la escultura (Elogio de la Luz, 1965-1980, Montaña vacía I, 1984; Homenaje a Pili, 200). "Durante mucho tiempo", recuerda, "trabajé en un taller oscuro. No se necesitaba luz para mirar mis primeras esculturas; inclusive yo no la necesitaba. Eran como dibujos muy duros sobre el espacio. Luego quise volver a encontrar la luz jugando sobre la escultura, y para ello trabajar un material en el cual la luz pueda entrar, irradiar por las ranuras".

Chillida concibe su relación con la materia como un diálogo, a la vez físico y mental que se lleva a cabo a lo largo de la elaboración de la obra, a menudo comparada a la labor del herrero: "Antes de comenzar una obra, tengo en mente una idea y una pregunta. Tengo que reunir estas interrogaciones y estos conceptos solicitando ayuda a la materia. Trabajo con la materia, pero la materia trabaja también conmigo; hay entonces una comunicación entre el material con el cual trabajo y las cosas que quiero hacer, y pregunto a la materia si está de acuerdo porque ella también tiene que expresarse; de este modo, ella va a hablar y la voy a ayudar, pero no quiero ser grosero y tomar, yo, todas las decisiones, solo. Ella, también, debe decir algo".

Si la exposición revela el abanico de las materias trabajadas por Chillida, explica también la diversidad de sus formatos, los cuales, todos, nos recuerdan la dimensión humana del gesto del escultor, de sus esculturas de pequeñas dimensiones, de hierro o de alabastro y luego de barro (Óxido 42, 1979), hasta sus obras monumentales de acero (Puerta de la libertad II, 1984, que pesa más de 6 toneladas).

De manera paralela a las esculturas, la exposición permite descubrir obras menos conocidas y totalmente originales en la evolución del trabajo del artista. Dibujos con tinta sobre papel, por una parte, de los años 70 y 80, que representan manos, abiertas o cerradas, y que ponen en evidencia los dedos y las uñas. Estos estudios son la excepción en la obra del artista, principalmente abstracto desde 1951. Chillida, por otra parte, crea desde el final de los años 80 un gran número de relieves de papel que llama Gravitaciones. Se trata de papeles recortados, a veces con tinta, colgados, puestos en relación, con más o menos cercanía, unos con otros, desarrollando entre ellos relaciones de espacio, de sombras y de luz que forman esculturas en equilibrio aéreo: "Hacía unos collages, pero tenía problemas con el pegamento. No era un problema con la técnica del collage, se trataba de un problema de relación entre el papel y el pegamento. Algo me molestaba en el hecho de ponerlos uno contra el otro. Algo no funcionaba. Un día, por casualidad, regresando de un viaje pesado, fui al taller y me puse a reflexionar, a trabajar, a buscar una solución al problema del collage. Tuve una idea: ¿Por qué no suprimir el pegamento y mejor colgar el papel? Así, ganaba algo. El lugar ocupado por el pegamento sería ocupado por el espacio. Además, esto permitía dar una gran importancia al hecho de que cualquier materia gravita, aún la más ligera".

"Este gran luchador de materias duras", tal y como lo definió Gastón Bachelard, puso en obra una dialéctica permanente, basada en la tensión y la austeridad, entre elementos antagónicos como por ejemplo los vacíos y los llenos, la luz y la sombra, la opacidad o la transparencia, los espacios abiertos o cerrados. Persiguiendo constantemente la resolución de los contrarios, las esculturas de Chillida renuevan cada vez un diálogo arquitectónico en el cual las masas potentes, pesadas, oscuras y silenciosas, estructuradas según volúmenes elementales aunque trabajados con precisión, se oponen a los ritmos lineales de las formas que emanan de ellas. Estas masas, como liberadas del yugo de la materia, recortan el espacio que las rodea con sus aristas punzantes o, al contrario, despliegan en este espacio el fulgor dinámico de sus líneas de fuerza. "El tiempo que me interesa", escribió Chillida, "es armonía, ritmo, medida". Términos que nos recuerdan su interés por la música, que le permitió resolver las tensiones y las alternancias entre lo positivo y lo negativo, la ligereza de los planos virtuales de los vacíos espaciales determinados o recortados por sus esculturas y el peso de su masa, según una técnica comparable a la del contrapunto, con el objetivo de volver visible al igual que palpable "este límite en el cual la materia ya no es materia".

Compartir