Las instalaciones de Choi, construidas principalmente a partir de hilos tensados que cuidadosamente despliegan sus formas en galerías y espacios museísticos —y de paso involucran un riguroso control de la iluminación—, surgieron de un interés legítimo en la experimentación. En un inicio las líneas sólo respondieron a su intención de producir dibujos en forma completamente tridimensional, pero después su trabajo evolucionaría paulatinamente. Al provenir de un ejercicio previo tan enfocado en la pintura, no era posible transformar todos sus procesos de la noche a la mañana para trasladarse hacia las tres dimensiones, entendiendo la complejidad formal y conceptual que esto implicaba. Así que la artista primero sustituyó sus herramientas: en lugar de usar colores y pinceles, adoptó hilos de diversos grosores. Entonces comenzó a reconocer sus cualidades y ventajas en comparación con la pintura. Pronto notó que este material, a pesar de ser muy cálido, también es extremadamente delicado, independientemente de la calidad elástica del nylon que lo compone.

Los elaborados procesos de montaje que hacen posibles sus impresionantes piezas son concebidos como una especie de construcciones, en el sentido más puro y cercano a la arquitectura. Hilo por hilo, a modo de ladrillo por ladrillo, las instalaciones de Choi buscan resistir poéticamente a las fuerzas de la naturaleza. Para ella no hay diferencia entre un hilo o el cemento. Por medio de sus ingeniosas construcciones realiza una crítica muy efectiva a la arquitectura reciente en general, recordando que en otras épocas se ponía más atención a la relación de los proyectos con su entorno natural inmediato, mientras que hoy se hace el colado del cemento rápidamente y sin tanto detenimiento previo.

Con sus trazos flotantes la obra sensibiliza al espectador acerca de la imposibilidad de separar tiempo y espacio, mientras que de paso transforma su percepción del propio cuerpo a medida que avanza y se ve forzado a encontrar su camino entre formas laberínticas. Allí, tiempo y movimiento son todo, lo que crea una memoria específica en los visitantes que permanecerá largamente. Al menos esa es la esperanza de la artista. Para ella hay una diferencia radical entre la temporalidad biológica y el tiempo de la naturaleza, que permanece a pesar de sus variaciones y su evolución.

LAS PIEZAS DE LA EXHIBICIÓN
Hoy por hoy algunos de los peores daños al medio ambiente provienen de las pruebas atómicas en el subsuelo o de la extracción de gas por medio del fracking. La suma de sus efectos ha alterado la estabilidad tectónica del planeta, poniendo a muchos asentamientos urbanos al filo de un riesgo latente y sumamente peligroso.

Por medio de su instalación titulada Memorizador sísmico, 2015, Choi transmite al público el temor que le han causado los movimientos súbitos de las placas tectónicas. La pieza consiste en una serie de placas de madera que se mueven cuando alguien camina sobre ellas, accionando a la vez el registro de un sensor sísmico. Su objetivo es hacer consciente al visitante del incremento en el registro del movimiento cuanto más se acerque al sensor. El participante simboliza en este caso los efectos negativos del ser humano en la Tierra.

Con su propuesta artística Choi no sólo persigue que la obra se complete a través del contacto arbitrario del público, sino que acepta la existencia de diferentes experiencias en torno a ella, de hecho tantas como personas la vean. En este sentido, la artista entiende perfectamente que el trabajo se transforma desde la mirada del espectador y a partir de su movimiento. Lo importante es que sus instalaciones sean percibidas directamente. Ella no intenta controlar neuróticamente la experiencia del visitante que las recorre; más bien prefiere que cada uno encuentre su propia lógica.

Todo esto es posible en el caso de una instalación especialmente diseñada para MARCO titulada Flowing Landscape (Paisaje que fluye), 2017, donde cada participante tiene la oportunidad de adentrarse en sus sinuosas formas sin reglas preestablecidas.

Realizada por completo con la técnica del tejido, la instalación titulada V, 2012 enfrenta al público con una serie de líneas verticales y horizontales que requiere ser vista desde determinado ángulo para revelar su secreto. La letra V se dibuja sutilmente para sugerir prácticas habituales en el continente asiático, que van desde la superficialidad de hacer la señal de la “victoria” con los dedos índice y medio en prácticamente cada selfie, hasta referirse a un ideal de belleza facial inspiradoen los dibujos de manga que imponen ese estereotipo. La forma socialmente percibida como bella consistiría entonces en un conjunto de características prácticamente irreales que se aleja de la silueta común de una cara humana: rostros carentes de la curvatura de las mejillas, trazados con líneas muy suaves y rematados por barbillas apuntadas.

La visión crítica de Choi está relacionada con la perspectiva. En el caso de este proyecto se vuelve evidente que uno no siempre es capaz de notar, desde determinado ángulo, que un rostro o un cuerpo han sido operados; pero al observar desde otro punto de vista, se nos revela que hay algo extraño, que no coincide con la realidad y que incluso puede llegar a ser grotesco. Bajo el título de Birdcage (Jaula de pájaros), 2017, esta instalación nos remite nuevamente a la noción de arquitectura habitacional, pero aquí con un enfoque en la recreación de un ambiente de confinamiento. Con su casa/jaula, Choi invita a los espectadores a experimentar la sensación de encontrarse en un espacio reducido y asfixiante. Para completar el efecto, esta casa permite ver entre sus rendijas, velando solo parcialmente lo que ocurre a ambos lados de sus planos, de modo que los que están adentro pueden ver a los que permanecen afuera y viceversa. La extrema soledad y la comunicación impersonal en la vida contemporánea hallan aquí su versión metafórica. La frágil construcción de hilos de Choi constituye una especie de perversión del espacio, de la sociedad y de la comunicación. La metáfora de la jaula, más que recordar la crueldad de capturar un ave para contemplarla, se burla de los seres humanos que se recluyen a sí mismos. Es una metáfora de nuestra realidad.


© MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO DE MONTERREY, 2018 | Zuazua y Jardón S/N, Centro. Monterrey, N.L. México, 64000 | T. +52 (81) 8262.4500

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