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Cuando yo era sólo un niño, ya me encontraba fascinado por el diseño gráfico. Me parecía muy similar al dibujo -que siempre ha sido mi herramienta predilecta-, pero a diferencia de éste, el diseño gráfico tenía una función muy específica; le daba un rostro y una identidad a miles de servicios, lugares y un sinnúmero de productos cotidianos. Algo que recuerdo con una claridad muy particular es viajar en el asiento del copiloto en el automóvil de mi madre. Me gustaba mirar fijamente por la ventana, intentando reconocer y memorizar cada logotipo y emblema que veía. Al igual que con mis caricaturas favoritas, conservaba una lista mental de todos aquellos que podía recordar y que, por alguna razón que no podía entender del todo, encontraba fascinantes. Dentro de mi larga lista estaban grandes empresas de mi ciudad como Hylsa, Titan, Peñoles, La Moderna y Vanity. Todos ellos eran emblemas sumamente diferenciables del resto en la ciudad. Eran memorables, simples, limpios, quirúrgicos, casi hipnóticos.

No fue sino hasta mucho tiempo después, cuando comencé a interesarme en el mundo del diseño gráfico, que descubrí que cada uno de esos logotipos y emblemas habían sido creados por una sola persona: un estadounidense llamado Lance Wyman. Él es un aclamado diseñador de estilo inigualable, que tiene una manera muy singular de sintetizar ideas complejas en símbolos elegantes y simples. Decidí entonces seguirle la pista y poco a poco comprendí la importancia que él había tenido en nuestra cultura y en mi manera de entender el diseño gráfico.

Aunque la estadía de Wyman en México fue relativamente breve (gracias a un concurso de diseño en el cual su logoemblema fue elegido ganador), ese tiempo fue suficiente para que dejara una huella indeleble en el estilo que marcó al diseño mexicano de aquella época (finales de los 60 y principios de los 70) y que aún sigue vigente hasta el día de hoy. Él fue responsable del poderoso logotipo de los Juegos Olímpicos de México 68 (logoemblema ganador en el concurso antes mencionado), estandarte de un evento que suponía definir a la Ciudad de México como un lugar de progreso. Ese símbolo inevitablemente fue asociado a la infame masacre de Tlatelolco, que ocurrió a sólo una semana de la inauguración de los Juegos Olímpicos. Su carga histórica lo establece como un símbolo que perdurará en los anales de la historia mexicana y del mundo. Asimismo, este proyecto fue acompañado por un extenso repertorio de señalética creada para orientar al espectador en ese evento. Ésta es considerada por muchos como el pináculo de la señalización y la identidad, pues creó un lenguaje visual universal previamente inexistente; nos dio una nueva manera de entender el espacio, su distribución y disposición. Fue tan poderoso que se le considera un parteaguas para esta disciplina.

Casi paralelamente, él creó el inteligente logoemblema del Metro de la Ciudad de México y de toda su impresionante señalética, la cual es utilizada hasta el día de hoy por millones de ciudadanos que toman el metro diariamente.

Es evidente que Wyman ha sido un pilar en aspectos sumamente íntimos y cotidianos de nuestra cultura. Su obra es una parte fundamental del zeitgeist de la época. Pero, ¿cuál es su secreto? ¿Qué hace que cada una de sus creaciones perdure durante tanto tiempo? Wyman concebía el diseño gráfico mucho más allá de su construcción formal. Es decir, el diseño gráfico debía trascender el papel y sus dos dimensiones. Es evidente que su formación como diseñador industrial tuvo un rol clave en ello. De hecho, muchos de sus emblemas y logotipos fueron convertidos en esculturas, instalaciones y espacios capaces de crear experiencias profundas para el espectador, que casi borran la línea entre lo funcional y lo artístico.

El espectador, a manera de cómplice, puede desnudar y asumir el proceso de su trabajo en las fotografías que, a modo de registro histórico, muestran a Wyman trabajando en su oficina. Ahí es posible verlo en su estudio, rodeado de cientos de versiones distintas de un mismo logotipo o emblema para alguno de sus proyectos. Eso indica un proceso de perfeccionamiento de la forma, el cual no parecía tener ataduras. Él no se conformaba con la idea común del diseñador moderno de crear y limitarse a sólo unas pocas propuestas, sino que se ponía el reto personal de encontrar el logotipo perfecto.

Esta historia ocurre en una época en donde las herramientas digitales que utilizamos en la actualidad eran inexistentes, y en la que el proceso de concebir cada propuesta hacía uso de una metodología interdisciplinaria que utilizaba la arquitectura, la ilustración y demás disciplinas artísticas para potencializar su resultado. Cada boceto, línea y trazo era pensada con rigurosa métrica y un meticuloso proceso creativo que hacía uso de una libertad sin restricciones. Diseño como arte, arte como diseño industrial. Todas las permutaciones eran válidas en este proceso.

Desde la perspectiva de mi profesión actual como ilustrador, artista, diseñador gráfico y catedrático, el trabajo de Lance Wyman me parece más relevante que nunca. Vivimos un momento en donde el interés por la profesión del diseño gráfico ha crecido exponencialmente. No obstante, con ello también ha crecido en desmedida una falsa concepción de sus procesos. Ciertamente el valor del diseño gráfico se reconoce cada día, pero al mismo tiempo se eleva un contrapunto en donde esta disciplina se resuelve sin fundamentos. De un día para otro. Exprés. A último minuto. Como la receta de una tarta de manzana.

Creería esencial que, para la profesión del diseñador gráfico, se vuelvan a comprender (o quizá desaprender) los fundamentos del diseño, esta vez desde la óptica de Wyman. Es necesario reclamar esa métrica libre pero calculada del diseño gráfico. Adoptar una visión que rompe reglas y desconoce etiquetas y ataduras, pero que detalladamente conoce el origen de cada decisión que realiza, desde una curva que regala movimiento hasta la estructura de una tipografía bien diseñada. Debemos realizar una revisión a un diseño gráfico inteligente que nos invite a concebir nuestros procesos como artistas multidisciplinarios. Un diseño que nos incite a adoptar y experimentar con todas las tecnologías que tenemos en la actualidad, para así crear logotipos, emblemas y proyectos que logren soportar el paso del tiempo. Se trata de volver a crear un diseño gráfico atemporal. Universal. Eterno.