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Exuberantes selvas y nutridas cascadas invaden las salas del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey con la exposición Tomás Sánchez, dedicada a este reconocido pintor cubano, de quien se dice infundió nueva vida al paisajismo.

Practicante del Siddha Yoga, Sánchez transforma sus ejercicios de meditación en paisajes concretos que no pertenecen totalmente al mundo de la realidad, sino que se nutren de sus recuerdos de la infancia en la isla y se aderezan con los caminos que traza su imaginación.

De óleo, acrílico, pastel y vitral surgen las formas de enormes árboles, palmeras, lagos, ríos y nubes, con los que se componen escenas idílicas que parecieran repetirse pero, a decir de Gabriel García Márquez, emulan fielmente a la naturaleza: no hay una sola hoja igual, ni un solo trazo gemelo.

Otra vertiente de su iconografía son los basureros, a los que sólo una

mirada como la de Tomás Sánchez puede transformar en un valle de restos del consumismo humano.

Sánchez reconoce como una de las principales influencias en su pintura a Antonia Eiriz, quien fuera su maestra en la Escuela de San Alejandro; de ella heredó el fuerte expresionismo de sus primeros trabajos, pero también admite que grandes maestros del horror y la fantasía como Pieter Brueghel, Hieronymus Bosch y Goya están presentes en sus trazos iniciales.

Los gigantescos bosques, invadidos por un sin fin de verdes, que pueblan los cuadros de Sánchez, también pueden haber surgido de la semilla plantada por James Ensor, Edvard Munch, Rodolphe Bresdin y Odilon Redon.

Con esta exposición MARCO ofrece a sus visitantes la posibilidad de contemplarse a sí mismo en la obra de este artista de importancia internacional, para descubrir y enfrentar sus propios estados de ánimo.


DURACIÓN: Del 22 de mayo a septiembre, 2008.
SALA: 5 a, b, c y d / Planta baja.
NÚMERO DE OBRAS: 54 piezas.
TÉCNICAS: Acrílico, óleo, vitral y pastel.
CURADURÍA Y MUSEOGRAFÍA: Jorge Contreras, curador de MARCO.

PRESENTACIÓN

Palmeras que parecen repetirse hasta el infinito; bosques que se cierran sobre un solitario visitante; cascadas que revientan en espuma a lo lejos, son escenas típicas de un paisaje hasta que el cubano Tomás Sánchez se apropia de ellas y les da nuevos significados.

El artista fusiona imágenes en su memoria con estados de su alma para dar forma tangible a sus emociones y a sus deseos, resultando así paradisíacas escenas que representan el espacio y tiempo perfectos.

¿Perfectos para qué?, para sentir paz, felicidad, melancolía o cualquier otro estado de ánimo que el ser humano pueda experimentar, todo depende de quien está mirando y qué tan dispuesto esté a analizar y reconocer sus propias emociones.

Y eso es lo que ofrece el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey al presentar el trabajo de este reconocido artista, una oportunidad de utilizar la pintura como una forma de reflexión del espíritu.

Un elemento presente en casi todas las obras de Tomás Sánchez es el agua, ya sea en forma de lago, río, mar e incluso lluvia. En ocasiones el espectador observa el cuerpo de agua desde una perspectiva aérea, en otras es arrastrado dentro del cuadro por una corriente serpenteante que se abre paso entre el espeso follaje.

Sánchez ha dicho que, en términos filosóficos, sus imágenes de agua se relacionan con representaciones de ciertos estados de conciencia a los que se llega sólo a través de la meditación.

Pero su pincel no se limita a captar lagos, cielos azules y nubes esponjosas. En su trabajo también destacan inusuales paisajes formados por infinidad de desperdicios y bolsas de basura que se extienden hacia el horizonte.

Cada elemento, con su colorido y textura, alude a la manera en que las sociedades modernas, en su afán por saciar las ansias de consumo, desechan de su vida lo espiritual, como se observa en Hombre crucificado en el basurero (1992), en donde un personaje yace en la cruz, rodeado por montañas de basura.

Mas el artista no pretende lanzar un grito de protesta, sus imágenes no perturban a primera vista, sólo dejan plantada una semilla en la conciencia; donde tenga que florecer, florecerá.

En medio del bullicio de la ciudad, cada obra en esta exposición resulta una puerta a otra dimensión, una manera de viajar sin mover un solo pie pues, con su obra, Tomás Sánchez presenta al espectador no una herramienta preensamblada, sino un completo manual sobre cómo crear senderos propios para pasear el alma.

TOMÁS SÁNCHEZ

Texto del curador Jorge Contreras, que aparece en el catálogo.


El pueblo de una lejana isla en la antigüedad había olvidado la práctica de navegar, algunos de sus habitantes tenían la extraña memoria de que sus antepasados construyeron barcas, y mantuvieron contacto con otros pueblos; sin embargo ya nadie se aventuraba en la empresa de adentrarse en el océano. De vez en cuando, algún maestro sabio emprendía otra vez el solitario oficio de construir botes; en una ocasión sucedió esta conversación entre un joven y un viejo que había pasado varios años construyendo una balsa:

Podría ir con usted en su balsa?
Si me acompañas, debes dejar el costal de repollo que cargas,
Imposible, ese costal que usted ve como carga, es mi alimento,


¿Qué pasaría si en este encuentro en lugar de repollo dijéramos ideas? Para conocer nuevos mundos, quizá es necesario dejar nuestro costal de prejuicios o ideas preconcebidas; y estar dispuestos a vivir a la intemperie.

El arte ofrece precisamente la posibilidad de desandar cada idea para encontrar lo que hay de esencial en nuestra voluntad y nuestros deseos; en ciertos casos, este camino adquiere la forma de una meditación, de una mente permanentemente atenta que se atreve a repensarlo todo de nuevo. En la obra de Tomás Sánchez esa meditación adquiere figura, aparece como la representación de paisajes inaccesibles, imaginarios, ideales, que no tienen que ver con la representación sino más bien dan cuenta de un estado del alma.

En las pinturas de Tomás Sánchez, la representación cuestiona su condición de espejo de la naturaleza, e inventa espacios deseados, para ir hasta su límite: al establecimiento de ámbitos emocionales; un árbol no es un árbol, un bosque no es un bosque, un río no es un río; un basurero está en lugar de otra cosa; sus obras ofrecen distintos grados de meditación en la búsqueda de un estado de conciencia plena.

Como en el poema de D. H. Lawrence, en la obra de Tomás Sánchez desaparece el autor para dejar que la conciencia del mundo cruce a través de él y aparezca en forma de imágenes; y como el viejo sabio, Tomás construye una barca, e invita a cada observador a emprender con serenidad el solitario viaje de conocerse a sí mismo.

En las primeras exposiciones de Tomás Sánchez en los años setenta ya estaba este ánimo de cuestionar la representación de la realidad, sus primeros trabajos muestran personajes y escenarios cercanos a los ambientes de fantasía del horror de los grandes maestros como El Bosco, Brueghel o Goya. En esa década realiza sus primeros paisajes, eventualmente con caseríos, o con varios personajes. Desde entonces su pintura tiene ya una maestría impecable, y cada pieza ha ido tejiendo el itinerario de su condición espiritual.

Desde sus obras incluidas en la mítica exposición Volumen I, en 1981, ya era posible observar que Tomás propone llevar la representación, desde la inmediatez del reconocimiento, hasta la conciencia del espectador de estar viviendo la experiencia que llamamos recepción estética. Este recorrido inicia con la confianza de estar frente a la contundente belleza de un paisaje, la perfección lograda en cada pintura encanta, seduce, atrapa y, mientras el observador accede a los detalles crece la serenidad de la imagen, lo cual le permite contemplar también que esa serenidad va tomándolo a él mismo como espectador.

Tomás entonces desaparece para dejar que su pintura llegue hasta el límite de lo que es posible decir, y toque al espectador en su estado afectivo; de espejo de la naturaleza a espejo del observador, esta pintura propone el riesgo de observarse a uno mismo.

Un bosque, una cascada, orillas, nubes, basureros, etc., aparecen como posibles disparadores de ámbitos emocionales que separan al espectador de la representación inmediata y lo acercan más bien, a la conciencia de la situación en que se encuentra su espíritu.

Si la percepción aparece como una tensión entre la necesidad y el deseo en un ámbito conductual, normalmente dominado por el bullicio de la contaminación en nuestro entorno, o por el silencio de la anestesia, estas obras proponen recuperar el placer de vivir una experiencia estética como una manera cotidiana de vida.

Por ello, el proceso de contemplación de una pieza de Tomás Sánchez implica la participación en una forma de meditación, pero no es el observador sólo quien construye por su cuenta el paisaje, pues él casi no tiene ningún control sobre el proceso de formación de esas imágenes, son más bien los procesos mentales que ocurren para formar esa especie de hermoso verde, blanco, negro, etc., los que remiten a un paseo por un bosque o una jungla; y dado que esos procesos son históricos, el artista no ofrece un paisaje, sino la posibilidad del espectador de entenderse a sí mismo participando en una forma de meditación que sana.

El propio artista inició la práctica de yoga como una necesidad personal de meditar, sin embargo, sus piezas permiten ver que si no hubiera conocido el yoga, habría desarrollado por su cuenta ejercicios que le llevaran a hallar coherencia entre su forma de vivir y sus deseos.

Si el destino del alma siempre es un misterio, Tomás le otorga en sus piezas un lugar latente que se acerca y atrapa al espectador, un lugar sin tiempo ni espacio pero con un cuerpo infinito que puede ser tocado y en el que es posible perderse. En la mitología griega, Elysium es el destino final del alma de los hombres virtuosos a quienes eligen los dioses. Cada pintura de Tomás Sánchez parece ser la intuición y exploración de ese espacio.

Sus obras analizan con placer la configuración de un orden interno, para dar cuenta de la urdimbre y la trama que constituyen el camino del blanco al blanco y del silencio al silencio. Semántica de la soledad, de la ausencia, sus pinturas muestran un estado de conciencia abierta que logra el vínculo con la naturaleza que soñaba Gregory Bateson, al sugerir que existe una unidad sagrada entre los seres humanos y el planeta que habitamos.

Si existen maneras de conversar con la Tierra como propuso Bateson, el trabajo de Tomás Sánchez ofrece un camino que parte de la conciencia de nuestras propias posibilidades de percepción, para descubrir lo que está en el origen de nuestros pensamientos; y muestra las formas del mundo que deseamos.

El mundo que se ofrece en estas pinturas, no es cartesiano, ni englobante, es un mundo dúctil, vivo, que tiene cuerpo y se presenta siempre alejándose, atravesado por los horizontes internos, y al que se accede solo sintiendo, a través de las estrategias de la conciencia plena. La obra de Tomás Sánchez va deletreando el poema del mundo que se acerca, un mundo apenas intuido y que hace falta, en el que el ejercicio del deseo construya puentes entre la naturaleza y los seres humanos.

La pintura, tal como la vive este artista, es un surtidor sin tiempo de armonía arriesgada y tranquila al mismo tiempo, que aventura configuraciones espaciales como fragmentos de un antiguo concierto que hemos olvidado; quizá convenga retomar nuevamente la práctica de observar con serenidad y humildad aquello que nos rodea, quizá podamos subir a la barca que Tomás Sánchez construye hace años, y quizá podamos descubrir con él mediante su pintura, el bienestar de nuestra propia conciencia abierta.


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