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El Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey presenta en esta ocasión a la joven artista tapatía Paula Santiago, en una exposición homónima que reúne 19 de las piezas más representativas de su trabajo.

Estas obras, realizadas entre 1996 y 2002, fueron escogidas de entre diversas series que la artista ha presentado con anterioridad en museos nacionales e internacionales, colectiva o individualmente.

En ellas, Santiago se vale de su sangre, así como de cabello propio y de sus allegados, que entreteje y une con cera y otros materiales, para dar forma a sus emociones.

Dichos materiales encierran también un simbolismo que alude al carácter humano, pues si bien son de apariencia delicada, poseen una fortaleza que puede sorprender a los incrédulos.

Así, esta exposición generada por MARCO se cuestiona qué milagro mantiene a los seres humanos en la estabilidad emocional, o cómo sentir sin morir en el intento. Para ello se vale de una museografía íntima más no dramática, que invita al espectador a observar hacia su interior.


Ropones, huipiles, un yelmo, un pectoral y otras figuras orgánicas son como objetos rituales que delatan un mundo de tradiciones que indudablemente ha influido en la manera en que Paula Santiago ve el universo de los sentimientos.

Meticulosidad y delicadeza impregnan cada pliegue, curva y esquina de sus obras, señal del nivel de introspección que la artista ha logrado para poder representar su mundo interior a través de un objeto tangible.

En suma, esta exposición es ocasión y vehículo para descubrir las entrañas de los sentimientos.

DURACIÓN: Del 20 de abril a agosto, 2007.
SALA: 9, 10 y 11 / Planta alta.
NÚMERO DE OBRAS: 19 piezas.
TÉCNICAS: Arte objeto, utilizando papel arroz, cabello, sangre, cera, vidrio y lentejuela en cajas de cristal o bases de mármol.
CURADURÍA Y MUSEOGRAFÍA: Jorge Contreras.
CATÁLOGO: Editado por MARCO en español e inglés.


PRESENTACIÓN

Las emociones no tienen forma, color u olor, pero a pesar de su naturaleza incorpórea, Paula Santiago ha logrado vestirlas con su arte.

Creadora intermitente, esta artista nacida en Guadalajara debe hacer pausas en su trabajo para reunir de nuevo la fuerza de enfrentarse cara a cara con sus sentimientos ya que, a decir de quienes la conocen y han admirado su obra, ella entrega todo de sí y muere en cada pieza.

Su presencia se manifiesta tangible en su sangre que, seca ya, pinta de marrón los trozos de papel arroz que a su vez une con sus cabellos entretejidos. Asimismo, en piezas como Pectoral (1996) o Mar (2001), encapsula en cera trozos del papel en el que previamente dejó su huella hemática para darles luego formas sólidas y a la vez más orgánicas que remiten siempre al cuerpo y a la feminidad.

La otra presencia, la de sus emociones, se intuye bajo los pliegues y entre los espacios tridimensionales que se forman con los materiales utilizados. Ahí es donde se vuelve universal, donde cada espectador puede observar obras como Vestidito o Huipil con corazón (1998) y pensar: “así se viste mi dolor, mi esperanza, mi alegría”.

Muchas de sus obras recuerdan a vestimentas indígenas o ropones de siglos pasados, tanto por el estilo como por el delicado trabajo, especie de bordado, que con suma delicadeza realiza con el cabello, todo esto quizá influenciado por bordados y encajes atesorados por su familia.

En constante búsqueda introspectiva, Santiago estudió inicialmente ingeniería industrial en su natal Guadalajara pero, al no encontrar total satisfacción en ello, partió a París donde estudió historia del arte y literatura, y posteriormente se adentró en la pintura en diferentes escuelas de Europa y Estados Unidos.

El tiempo la llevaría a abandonar el lienzo y adoptar el papel arroz como uno de sus principales soportes. Por lo general exhibe sus piezas en cajas de cristal que ella misma diseña. Desde lentejuelas hasta su propia sangre, todo en su obra tiene un significado.

Alejada de las corrientes, Santiago se diferencia de otros exponentes de su generación por su desinterés en las teorías del arte, los conceptos y las tendencias del mercado, vive aislada y sumergida en una búsqueda personal.

Este viaje interno lo ha hecho sin límites, balanceándose siempre en el filo de la navaja de la estabilidad emocional para descubrir de dónde nace el deseo de vivir. Sus descubrimientos quedan plasmados en su arte y también parte de ella misma.

No sería extraño entonces descubrir a la vuelta de los años que esa artista llamada Paula Santiago se ha vuelto al final etérea, incorpórea, una emoción pura que habita permanentemente en su obra.


PAULA SANTIAGO
Texto de Jorge Contreras, curador de la exposición, que aparece en el catálogo.

Consumimos sueños diarios, vivimos días marchitos, seguimos el eco de nuestras emociones según la fortaleza de su deseo por tener cuerpo, y albergarse en nuestro propio cuerpo. Vehículos temporales, devorados por la alegría, la tristeza, la melancolía, los celos, la ira, etc. vamos aceptando la contingencia de nuestra identidad, y descubriendo que no es suficiente estar en el mundo para estar vivos, que es necesaria una permanente y humilde indagación sobre lo que motiva nuestra hambre y nuestros deseos; con suerte logramos intuir, a través de nuestras emociones, aquello que nos hace vivir.

¿Qué otorga tal poder a nuestras emociones para determinar las formas de conducta frente a cada experiencia? y, ¿Qué es lo que hace aparecer los valores y los no-valores en la apreciación de las emociones?

Las emociones aparecen como experiencias de un cuerpo sensible, estesis, y su reconocimiento es un comentario reflexivo que hacemos cuando calificamos nuestras actitudes frente a nuestras acciones; bocetos fisiológicos, históricos, heurísticos, funcionan como dominios conductuales que modalizan nuestras creencias y deseos, y nuestra propia presencia.

Lo que distinguimos como una emoción es un dominio de acciones, y una estimación de la clase de comportamiento que podemos esperar de nosotros mismos o de otras personas; es decir, reconocemos una disposición corporal. Por ello, un cambio de emoción es similar a un cambio de mente o de cuerpo, y nuestra capacidad de emocionarnos consiste en una manera de movernos de un dominio de acciones a otro, consiste en convertirnos en otra persona.

Si la percepción supone recuperar la potencia significante de los objetos del mundo, son las emociones las que proporcionan la textura de cada experiencia, son el texto confeccionado según reglas preestablecidas para denotar los objetos del mundo; incluso nuestra experiencia de identidad aparece mientras explicamos nuestra conducta en un ámbito emocional dado, y gracias a ello aparece también la noción de realidad como algo independiente a nosotros y como principio explicativo.

Como fenómenos heurísticos, nuestras emociones nos atan y nos liberan del mundo, y de otras personas; ejercicios de tensión y distensión de nuestro apego a la vida y a un cuerpo, nos brindan la posibilidad de apreciar lo humano.

Desde luego hay diez, cien, mil maneras de observar el tránsito del complejo conjunto de estímulos a la pluralidad ordenada que es el reconocimiento de una emoción, pero ¿qué mantiene nuestra estabilidad emocional en el filo de la navaja?

En el ámbito del arte contemporáneo, frecuentemente los conceptos, las tradiciones y el mercado son generadores de las ideas que aparecen en las obras; sólo en pocas ocasiones es posible observar que un artista deja la vida en su trabajo, en el caso de Paula Santiago además es evidente que el arte no sigue formato, ni corriente, ni disciplina, que es una forma de vida que consume.

En el trabajo de esta artista hay una arriesgada indagación sobre las condiciones más radicales y las más refinadas de observar nuestras emociones y nuestra presencia: la felicidad, la soledad, la angustia, el amor. Paula cruza el filo de navaja de la estabilidad para desaparecer y dejar vivir cosas nuevas, para dejar que el deseo adquiera forma mediante ciertos materiales, para dejar a una emoción hablar e ir al límite de lo que puede decir.

Hallar dominios emocionales más intensos que aquellos del registro normal, requiere la paciencia de observar y sentir con meticulosidad y cuidado cada detalle del mundo, requiere la angustia y la serenidad de salir de la propia vida y hallar otra en las personas, objetos y circunstancias que nos rodean, requiere la valentía de permanecer a la intemperie, de buscar las puertas de salida y arriesgar la propia estabilidad, sólo así se logra mostrar aquello que nos hace vivir.

En el trabajo de Paula Santiago es posible seguir el trazo que dibuja un ámbito emocional definido, esa huella es lo que nos permite otorgar sentido a su quehacer, y reconocer la sustancia de su obra. Sus piezas establecen relaciones con nosotros que no son espaciales, ni visuales ni conceptuales, sino estéticas, pues se trata de materias que, tocadas por la vida de Paula Santiago, van configurando el deseo de una emoción de tener cuerpo.

Las obras de Paula Santiago nos otorgan la libertad de querer sujetarnos a una emoción sana y nos invita a atrevernos a explorar nuestra hambre y nuestra angustia, nos invita a observar con compasión la humildad de nuestra propia vida. Con un diapasón sensible muy refinado, Paula hace de su aprehensión del mundo, y de las emociones, un fenómeno físico, casi orgánico, la estesis en Paula es conocimiento sensible que conmueve.

En obras como A, y como Mar, la cera implica una connotación mística, trae al mundo una presencia sagrada, un poder cósmico desde un sitio sacro y profano al mismo tiempo, reliquias orgánicas, membranas que ofrecen pistas de una biología de lo sagrado, ofrecen un espacio que está entre la inteligencia y el cuerpo, la no forma que libera de la necesidad de esquemas de percepción, la invención sin registro que sólo es posible a partir de emociones sin registro, de acciones desde otra vida, y desde ser otra persona.

La delicada manufactura de cada obra de Paula Santiago, ofrece una metáfora de la percepción que permite la emergencia del cuerpo y del mundo; su trabajo es una reflexión sobre el tiempo, la construcción de un presente sin fisuras mediante la invención de objetos sagrados, estas obras, tesoros individuales, muestran que es posible recuperar la mirada poética que nutre el deseo de vivir de nuevo.

Anam, A. F. Amnios, Chu’lel, vestidos rituales de distintas épocas, actualizan también distintos ámbitos de lo sagrado, cada uno parece detener el tiempo teleológico e instaurar un tiempo concentrado en sí mismo, momento infinito de la presencia plena que propone una conciencia capaz de resistir las emociones, el color, el viento, el entusiasmo excesivo, la melancolía; estos vestidos son trajes rituales y gestos de salida.

Estas obras nos muestran que el mensaje en el arte no está determinado por su soporte material, sino por la sustancia que las constituye; más que significados en ellas, es posible encontrar las huellas del deseo que se expresa con persistencia a través de Paula, y quizá a pesar de ella; un deseo cuya presencia, paciente, ansiosa, insegura o firme, retorna permanentemente.

La condición de Paula Santiago de dar cuenta de aquello que nutre el deseo de vivir, tolerando y disfrutando, desde el cuerpo que lleva su nombre, cada gesto y cada experiencia, es también un ejercicio de libertad; su trabajo nos permite intuir la posibilidad del desapego a las formas del mundo, a los esquemas de pensamiento, y a los juicios.

Según el biólogo chileno Humberto Maturana: opiniones incompatibles, deseos incompatibles, emociones y acciones incompatibles, destruyen la coherencia del flujo de la vida y producen la experiencia de fealdad y de miedo, y con ello perdemos capacidad de ver, oír, oler, tocar y entender, con ello transformamos a los seres humanos en público.

Contra la experiencia de fealdad y el miedo que detiene hasta paralizar, la alternativa que ofrece el trabajo de Paula Santiago, es la recuperación de un tipo de mirada capaz de comprender las distintas maneras de apreciar nuestras emociones, incluso sin la posibilidad ni la necesidad de describirlas, una mirada capaz de recuperar el deseo de vivir de nuevo.

Quizá sea posible encontrar los vínculos secretos entre las cosas, quizá sea posible vivir en un mundo donde cada día podamos disfrutar con serenidad la sorpresa de experimentar nuestras emociones; donde cada paso, incluso los de la tristeza y la angustia, sean una afirmación de vida.


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